Nos subimos al primer tren de Madrid Atocha con destino Barcelona Sants. Por razones ajenas a nosotras nos tuvieron que vender un billete preferente, porque de la clase turista ya no quedaban asientos libres. Así que fue un gasto que no esperábamos, pero que nos aportó una nueva experiencia. Los asientos son más espaciosos e incluso nos sirvieron un desayuno gratis de elaboración diseñada por los hermanos Torres – el programa de cocina que mi abuela siempre ve cuando llego a casa. No tenía ni idea de que el AVE viajaba a tanta velocidad, en muchas ocasiones alcanzaba los 300km/h y el tren se tambaleaba como si fuese un barco en altamar si caminabas por él.

Tras un viaje en el AVE con duración de unas tres horas llegamos a Barcelona Sants, y aunque la escala era muy breve y no nos dio tiempo a visitar Barcelona, nos asomamos corriendo por las cristaleras para al menos catar algo de esa ciudad. Vimos los taxis de color negro y amarillo, un coche de los mossos y carteles en catalán. Supongo que como primer aperitivo express de Cataluña no está mal. Además, durante el camino vimos partes de Castilla La Mancha, Aragón y Cataluña. Me alucino cada vez que veo un río en medio de los paisajes, ser canaria influye.

Al bajarnos en Sants con prisas porque solo teníamos media hora para encontrar el siguiente tren de conexión, nos subimos en el SNCF en asociación con Renfe. Nunca había visto un tren tan moderno y grande. Tenía dos plantas y no se oía al circular. Nos tocó sentarnos en la planta superior, y tuvimos algún malentendido en cuanto a donde nos tocaba sentarnos, cambiándonos varias veces de asiento, cuando nos echaban del que creíamos que era nuestro sitio.

El viaje fue larguísimo, duró unas seis o siete horas hasta París. Pasando por ciudades como Girona, Figueres, Narbonne, Seté, Montpellier, Nimes o Beziers. También era un tren de alta velocidad por lo que era casi imposible sacar fotos de los impresionantes paisajes que veíamos. Me recordaban tanto al ‘Tour de France’ que tantas veces he visto en la tele con mi padre. La zona rural francesa es preciosa. Lo resumiría en caballos, vacas, bolas de paja, parras, castillos y ríos. Impresionante, solo me quedé dormida unos minutos porque aunque estaba bastante cansada no quería perderme ni un segundo de esos increíbles paisajes.

Parecía interminable, pero por fin tras unas diez horas en total desde que madrugamos aquella mañana, llegamos a París, a la estación de Gare de Lyon, que se encuentra bastante al sur del centro. Por fin estirábamos las piernas y nos bajábamos de dos trenes que circulaban a velocidades de vértigo en los que el paisaje pasaba a ser un precioso fotograma que duraba menos de una milésima de segundo. Pisamos París cogiendo el metro desde la misma estación hasta llegar al hostal, cenar y descansar.

Durante los siguientes días madrugamos para desayunar en el hostal (el desayuno más rácano de mi vida) y empezamos la ruta a pie recorriendo los principales atractivos de la ciudad. Lo que más me impresionó sin duda fue el río Sena, subir a la Torre Eiffel por las escaleras vertiginosas, el museo del perfume (mucho menos conocido que el D’Orsay que también visitamos) y la pequeña y romántica ciudad de Montmartre con su Basílica del Sacrè Cour, y sus calles estrechas con casas de enredaderas.

En cuanto a cosas curiosas que comento de cada ciudad que visito, he de decir que de los franceses – o mejor dicho de los parisinos para ser justos – me han sorprendido muchísimas cosas. Una de ellas es que son bastante antipáticos. Me lo habían advertido, pero no quería juzgar antes de tiempo. Y aunque sé que llevo muy poco aquí y es pronto para crearme una imagen completa, he tenido suficientes ejemplos como para que se me quiten las ganas de preguntar nada por la calle. Para una simple pregunta como dónde hay un ‘Toillete’ te levantan la mano y te dicen ‘beh’ como para que te esfumes; si te ríes por la calle miran para atrás extrañados como si no se acordaran de lo que es reírse. Me he inventado la frase de que aquí “te ponen a ‘París’ jaja. Y son bastante desconfiados, te piden explicaciones para todo, no te prestan ni explican nada y te echan de los sitios de malas maneras. No sé si es porque somos turistas y ya no soportan tener más, pero el caso es que las únicas personas simpáticas que nos hemos encontrado, no eran de París.

Otra cosa curiosa es que en las cafeterías, los asientos de la terraza en lugar de estar rodeando la mesa, están puestas todas mirando hacia la carretera, es decir, que un grupo se sienta en una cafetería a tomarse algo y ni se miran a la cara. Nos preguntamos a qué se debe esto, y las únicas posibles conclusiones que hemos sacado es que o no les gusta darle la espalda a nadie (por desconfianza supongo, porque por educación no creemos), o tienen el complejo de escaparate de moda y necesitan ser vistos desde la galería. También en las azoteas nos hemos fijado que éstas están separadas de una casa a otra por un pequeño muro de ladrillos, para ni ver a los vecinos. Las calles están llenas de pastelerías, panaderías, peluquerías y cafeterías. Se matan por subirse al metro como sardinas en lata, y cuando miro la pantalla faltaban dos minutos para que viniese un metro exactamente igual. Tienen esas manías de las ciudades masificadas que ‘je ne comprends pas’. El agua más cara del mundo (por ahora) la hemos pagado en París, donde por una botella de un litro nos han cobrado siete euros. Además es también cierto en bastantes zonas del centro, lo que me habían contado de que la ciudad huele mal. Y tienen muchos coches eléctricos, transporte público híbrido y bicicletas pero casi no tienen papeleras, y no hemos visto ningún contenedor de reciclaje, en una ciudad tan grande como esta.

Y leyendo esto quizás piensan que tengo algo contra París, o que estoy deseando irme. Pero no es así para nada. Le he encontrado el encanto, solamente que quizás las expectativas eran muy altas tras esa idea romántica que nos dan de París, y de las películas hechas aquí, y te imaginas que todo huele bien y que todos son simpáticos. Pero reconozco que París tiene su encanto, sobre todo los barrios más alejados que son más pequeños y pintorescos. El idioma embelesa porque parece que estás en un anuncio de perfume constante y suena bastante bien. Y subir a la Torre Eiffel y ver toda la ciudad desde arriba fue un momentazo que no olvidaré nunca. Y pensar que al principio esa torre les parecía fea a los parisinos y la querían quitar cuando se acabase la Exposición Universal… supongo que va en su carácter y al final encuentras encanto en ellos.

A pesar de lo criticado, me alegro de haber conocido esta gran ciudad, que aunque algo caótica y sus gentes difíciles, acabas encontrándole su magia. Y siempre con la mente abierta a no juzgar por la primera impresión. Como dicen aquí: “C’est la vie’

Le monde est un livre et ceux qui ne voyagent pas n’en lisent qu’une page… Seguiré leyendo todas las entradas del blog 🙂
Me gustaLe gusta a 1 persona
Mil gracias Aday!! Espero que te gusten mucho, las escribo con todo el cariño e ilusión ^^
Me gustaMe gusta