Estábamos emocionadas con la idea de entrar en Euskadi. Llevaba mucho tiempo queriendo ir, y aunque intento viajar con las ‘lentes limpias’ (es decir, sin prejuicios), ya me estaba imaginando esa escena de la película de ‘Ocho apellidos vascos’ en la que al cruzar el túnel hacia ‘Euskal Herría’ de repente el tiempo cambia y el cielo está como si fuese ‘Mordor’. Pero nada más lejos de la realidad, estábamos ya entrando al País Vasco y hacía un tiempo maravilloso, incluso había una ola de calor. Ya el paisaje se notaba diferente mientras nos acercábamos. Todo super verde, lleno de bosques. Los típicos ‘baserri’ (caseríos vascos) por las montañas. Y el aire limpio que se respiraba cuando abrías la ventanilla de la camper. Un panorama agradable que parecía decirnos ‘¡Ongi etorri!’ (¡Bienvenidas!).

Esa tarde del once de julio llegamos a Bilbao y aparcamos por el centro porque habíamos quedado con mi amiga Oiane para vernos después de varios años, y nos hizo de guía por la ciudad. Nada más bajarnos de la camper y recorrer la zona de la Ría de Bilbao, el Guggenheim con su araña y el Puppy, y todo el casco antiguo, flipamos. Nos pareció una ciudad super limpia, verde, amplia, europea. La verdad es que teníamos la sensación que habíamos salido de España, porque se nos parecía más a una ciudad francesa por ejemplo, o a Bruselas, que a cualquier otra ciudad española en la que hubiésemos estado.


Como hacía tanto calor, estuvimos paseando con Oiane por el casco antiguo, buscando sombra, y tras cruzar el puente, nos sentamos en unas escalinatas con vistas a la Ría, para tomarnos unas cervezas y ponernos al día. La única pena fue que con las restricciones del Covid, no pudimos disfrutar de los ‘pintxos’. Pero me gustaba todo lo que vi. Hasta con las placas de las nombres de las calles me flipaba porque estaban escritas en euskera y con una tipología de letra que me encantaba. Le sacaba foto hasta a las papeleras (ja,ja). Si, lo se…soy una friki de los viajes y los idiomas.


Para ver el atardecer, fuimos al Puerto Viejo de ‘Getxo’. ¡Qué lugar más bonito! Era muy pintoresco, una playa pequeñita con sus barcas de madera, un puerto a lo lejos, y en frente mucha vegetación y casas en las montañas.



Ya empezaba a oscurecer, así que nos despedimos de Oiane y fuimos a pasar la primera noche de acampada donde ella nos recomendó, y vaya si fue un acierto. Era un parking de tierra, en lo alto de la acantilada Playa de Azkorri. Desde la cama de la camper teníamos vistas al mar, y si te asomabas paseando por la zona, se veían todos los acantilados de las playas de ‘Getxo’.

Era nuestra primera noche durmiendo en una autocaravana, y aunque estábamos emocionadas por la novedad y la aventura de poder dormir rodeadas de paisajes así de increíbles, nos empezamos a dar cuenta de algunas incomodidades que conlleva el dormir en una camper.
Por ejemplo, me entraron ganas de ir al baño y claro, en la camper teníamos un precioso WC químico nuevo a estrenar (con nombre propio y todo, se llamaba Porta Potti), pero como comprenderán la idea de tener que limpiar las aguas negras al entregarlo no nos molaba, así que se quedó así: impoluto, sin usar. Pero teníamos que solucionar el asunto y estábamos en medio de la nada, sin baños cerca y ya era de noche, así que la solución fue acercarnos a una gasolinera y usar su baño.
También pasó que, en medio de la madrugada, rompió una tormenta de verano; de esas que empieza a caer una tromba de agua y no para. De esas con relámpagos, rayos y truenos que te hacen saltar de la cama. De esas que llueve tanto en tan poco tiempo que la tierra se vuelve barro. Así que no pegamos mucho ojo, porque la lluvia se oía caer fuerte en el techo y nos daba cosa que nos cayese cerca un rayo. Pero poco a poco, el cansancio pudo más y nos quedamos dormidas como troncos.

Suena el despertador, ya era la mañana del domingo doce de julio, casualmente día electoral allí. ‘Egun on, Euskadi’ (Buenos días, País Vasco). Abrimos los ojos regañadas, y nos sorprendimos al caer en la cuenta que habíamos dormido en una camper por primera vez, que guay, aunque el incesante ruido del salpicado de la lluvia durante toda la noche nos lo recordaba. Seguía lloviendo sin parar, todo el parking estaba embarrado. Pensamos, a ver quién es la guapa que sale ahora a hacer el pis mañanero. Así que, inventé el método Cris, que consistió básicamente en cortar una botella vacía por la mitad y hacer pis en ese recipiente dentro de la camper para no tener que salir. Cuando vas de aventura una no se puede andar con finuras, y ya se sabe que la necesidad agudiza el ingenio.

Después de solucionar eso, arrancamos la camper (vistiéndonos dentro, sin bajarnos para nada: pasando de la cama a los asientos delanteros) y volvimos a aparcar en Bilbao, porque nos gustó tanto que quisimos verlo de nuevo antes de irnos. Desayunamos dentro de la camper porque seguía lloviendo, aunque ya no era en plan tormenta, sino ‘txirimiri’ (lluvia fina). Y cuando por fin paró un poco, nos dimos una pequeña vuelta por aquella preciosa ciudad para despedirnos de ella, y compramos la típica ‘txapela’ (boina vasca) para tenerla de recuerdo de nuestro paso por allí.


Y así, nos fuimos alejando de ‘Euskal Herría’ hacia nuestro siguiente destino. Y nos quedamos enamoradas de aquellas tierras. Que no hay nada como estar en un lugar para entenderlo mejor; como al conocer de verdad a una persona, que es solo entonces cuando percibes su esencia, y que todo lo demás son habladurías. Pues lo mismo ocurre con los lugares y lo que dicen de ellos. Al estar allí comprendí porqué se sienten tan diferentes o poco identificados con la usual imagen de lo que suele ser España. Tanto sus paisajes como sus costumbres, su idioma tan interesante, su forma de vivir, el aspecto de sus ciudades y su cultura, son de hecho muy diferentes. Y eso no es nada bueno ni malo (solo distinto), ni estoy a favor ni en contra de nada, pero desde luego si comprendí el motivo por el que algunos de sus habitantes se sienten así, y quizás si juzgamos menos y nos ocupamos en conocer mejor antes de hablar, el mundo iría mucho mejor, porque las diferencias bien entendidas, son hermosas.

Como dije anteriormente, quedamos enamoradas de aquellas tierras, y nos trataron genial. Al entrar a cualquier sitio te decían ‘¡Aupa!’ con mucha euforia, y nos parecía un saludo divertido; ya lo decíamos nosotras también al entrar en los sitios. Fue un placer conocer el País Vasco, aunque fuese una estancia corta, pero nos fuimos de allí maravilladas, y con ganas de volver algún día para conocerlo más (porque mejor no se puede, como dirían ellos, ja, ja).

¡Eskerrik asko, Euskadi! ‘Agur’. (¡Muchas gracias, País Vasco! Adiós).





























































































































