Ruta en autocaravana (País Vasco)

Estábamos emocionadas con la idea de entrar en Euskadi. Llevaba mucho tiempo queriendo ir, y aunque intento viajar con las ‘lentes limpias’ (es decir, sin prejuicios), ya me estaba imaginando esa escena de la película de ‘Ocho apellidos vascos’ en la que al cruzar el túnel hacia ‘Euskal Herría’ de repente el tiempo cambia y el cielo está como si fuese ‘Mordor’. Pero nada más lejos de la realidad, estábamos ya entrando al País Vasco y hacía un tiempo maravilloso, incluso había una ola de calor. Ya el paisaje se notaba diferente mientras nos acercábamos. Todo super verde, lleno de bosques. Los típicos ‘baserri’ (caseríos vascos) por las montañas. Y el aire limpio que se respiraba cuando abrías la ventanilla de la camper. Un panorama agradable que parecía decirnos ‘¡Ongi etorri!’ (¡Bienvenidas!).

Entrando al País Vasco

Esa tarde del once de julio llegamos a Bilbao y aparcamos por el centro porque habíamos quedado con mi amiga Oiane para vernos después de varios años, y nos hizo de guía por la ciudad. Nada más bajarnos de la camper y recorrer la zona de la Ría de Bilbao, el Guggenheim con su araña y el Puppy, y todo el casco antiguo, flipamos. Nos pareció una ciudad super limpia, verde, amplia, europea. La verdad es que teníamos la sensación que habíamos salido de España, porque se nos parecía más a una ciudad francesa por ejemplo, o a Bruselas, que a cualquier otra ciudad española en la que hubiésemos estado.

Una ciudad super verde
Preciosa Ría de Bilbao

Como hacía tanto calor, estuvimos paseando con Oiane por el casco antiguo, buscando sombra, y tras cruzar el puente, nos sentamos en unas escalinatas con vistas a la Ría, para tomarnos unas cervezas y ponernos al día. La única pena fue que con las restricciones del Covid, no pudimos disfrutar de los ‘pintxos’. Pero me gustaba todo lo que vi. Hasta con las placas de las nombres de las calles me flipaba porque estaban escritas en euskera y con una tipología de letra que me encantaba. Le sacaba foto hasta a las papeleras (ja,ja). Si, lo se…soy una friki de los viajes y los idiomas.

Sacando foto a las papeleras en ‘euskera’
Refrescándonos con vistas a la Ría de Bilbao

Para ver el atardecer, fuimos al Puerto Viejo de ‘Getxo’. ¡Qué lugar más bonito! Era muy pintoresco, una playa pequeñita con sus barcas de madera, un puerto a lo lejos, y en frente mucha vegetación y casas en las montañas.

Atardecer en ‘Getxo’
Barcas y caserones del Puerto Viejo de ‘Getxo’
Puerto Viejo de ‘Getxo’

Ya empezaba a oscurecer, así que nos despedimos de Oiane y fuimos a pasar la primera noche de acampada donde ella nos recomendó, y vaya si fue un acierto. Era un parking de tierra, en lo alto de la acantilada Playa de Azkorri. Desde la cama de la camper teníamos vistas al mar, y si te asomabas paseando por la zona, se veían todos los acantilados de las playas de ‘Getxo’.

Playa de Azkorri y acantilados de ‘Getxo’

Era nuestra primera noche durmiendo en una autocaravana, y aunque estábamos emocionadas por la novedad y la aventura de poder dormir rodeadas de paisajes así de increíbles, nos empezamos a dar cuenta de algunas incomodidades que conlleva el dormir en una camper.

Por ejemplo, me entraron ganas de ir al baño y claro, en la camper teníamos un precioso WC químico nuevo a estrenar (con nombre propio y todo, se llamaba Porta Potti), pero como comprenderán la idea de tener que limpiar las aguas negras al entregarlo no nos molaba, así que se quedó así: impoluto, sin usar. Pero teníamos que solucionar el asunto y estábamos en medio de la nada, sin baños cerca y ya era de noche, así que la solución fue acercarnos a una gasolinera y usar su baño.

También pasó que, en medio de la madrugada, rompió una tormenta de verano; de esas que empieza a caer una tromba de agua y no para. De esas con relámpagos, rayos y truenos que te hacen saltar de la cama. De esas que llueve tanto en tan poco tiempo que la tierra se vuelve barro. Así que no pegamos mucho ojo, porque la lluvia se oía caer fuerte en el techo y nos daba cosa que nos cayese cerca un rayo. Pero poco a poco, el cansancio pudo más y nos quedamos dormidas como troncos.

Todo encharcado tras la tormenta

Suena el despertador, ya era la mañana del domingo doce de julio, casualmente día electoral allí. ‘Egun on, Euskadi’ (Buenos días, País Vasco). Abrimos los ojos regañadas, y nos sorprendimos al caer en la cuenta que habíamos dormido en una camper por primera vez, que guay, aunque el incesante ruido del salpicado de la lluvia durante toda la noche nos lo recordaba. Seguía lloviendo sin parar, todo el parking estaba embarrado. Pensamos, a ver quién es la guapa que sale ahora a hacer el pis mañanero. Así que, inventé el método Cris, que consistió básicamente en cortar una botella vacía por la mitad y hacer pis en ese recipiente dentro de la camper para no tener que salir. Cuando vas de aventura una no se puede andar con finuras, y ya se sabe que la necesidad agudiza el ingenio.

‘Egun on’ (Buenos días)

Después de solucionar eso, arrancamos la camper (vistiéndonos dentro, sin bajarnos para nada: pasando de la cama a los asientos delanteros) y volvimos a aparcar en Bilbao, porque nos gustó tanto que quisimos verlo de nuevo antes de irnos. Desayunamos dentro de la camper porque seguía lloviendo, aunque ya no era en plan tormenta, sino ‘txirimiri’ (lluvia fina). Y cuando por fin paró un poco, nos dimos una pequeña vuelta por aquella preciosa ciudad para despedirnos de ella, y compramos la típica ‘txapela’ (boina vasca) para tenerla de recuerdo de nuestro paso por allí.

Aparcadas en Bilbao para desayunar dentro de la camper
Vistas del Guggenheim, la araña y la Ría de Bilbao

Y así, nos fuimos alejando de ‘Euskal Herría’ hacia nuestro siguiente destino. Y nos quedamos enamoradas de aquellas tierras. Que no hay nada como estar en un lugar para entenderlo mejor; como al conocer de verdad a una persona, que es solo entonces cuando percibes su esencia, y que todo lo demás son habladurías. Pues lo mismo ocurre con los lugares y lo que dicen de ellos. Al estar allí comprendí porqué se sienten tan diferentes o poco identificados con la usual imagen de lo que suele ser España. Tanto sus paisajes como sus costumbres, su idioma tan interesante, su forma de vivir, el aspecto de sus ciudades y su cultura, son de hecho muy diferentes. Y eso no es nada bueno ni malo (solo distinto), ni estoy a favor ni en contra de nada, pero desde luego si comprendí el motivo por el que algunos de sus habitantes se sienten así, y quizás si juzgamos menos y nos ocupamos en conocer mejor antes de hablar, el mundo iría mucho mejor, porque las diferencias bien entendidas, son hermosas.

Guggenheim, el puente y la araña

Como dije anteriormente, quedamos enamoradas de aquellas tierras, y nos trataron genial. Al entrar a cualquier sitio te decían ‘¡Aupa!’ con mucha euforia, y nos parecía un saludo divertido; ya lo decíamos nosotras también al entrar en los sitios. Fue un placer conocer el País Vasco, aunque fuese una estancia corta, pero nos fuimos de allí maravilladas, y con ganas de volver algún día para conocerlo más (porque mejor no se puede, como dirían ellos, ja, ja).

¡Qué verde Bilbao!

¡Eskerrik asko, Euskadi! ‘Agur’. (¡Muchas gracias, País Vasco! Adiós).

‘Eskerrik asko, Euskadi’

Ruta en autocaravana (Intro)

Después de casi tres meses de confinamiento y con todo lo que eso supuso, las paredes se me echaban encima en aquel pequeño piso de Madrid. Así que en cuanto la situación nos dio una pequeña tregua, decidimos viajar por el norte de España de una manera diferente. Teníamos ganas de una escapada, de intentar “olvidarnos” un poco de todo lo que estaba pasando, de respirar nuevos aires, y hacerlo de una manera diferente: viajando por primera vez en autocaravana.

Nuestras vistas durante el confinamiento

Como fue una ruta itinerante de una semana, voy a dividir este viaje en varias entradas del blog, para no perder detalle de cada Comunidad Autónoma por la que pasamos.

Era un caluroso sábado de julio de 2020, concretamente el día once. Y fuimos a las afueras de Madrid, para recoger la autocaravana que habíamos alquilado a través de una aplicación de renting entre particulares. Los chicos nos explicaron cada detalle de la autocaravana porque éramos nuevas en esto, y no queríamos cometer los típicos errores de principiante. El mundo de las autocaravanas es un mundo aparte, parece sencillo pero tiene sus cosas. Así que cuando ya estuvo todo claro, y con toda la ilusión del mundo porque por fin podíamos alejarnos unos días de Madrid; ¡Arrancamos: carretera y manta, rumbo al norte!

Teníamos unos 400 kilómetros por delante hasta nuestro primer destino, así que fuimos haciendo algunas paradas para estirar las piernas. La primera parada fue en el bonito pueblo de Buitrago de Lozoya, muy al norte de Madrid. Paramos para comprar agua, ya que hacía mucho calor, y para caminar un poco. Y nos encontramos con esa preciosa estampa de la muralla y castillo de aspecto medieval sobre el río Lozoya. Al parecer mucha gente tuvo la misma idea, porque para ser un pueblo tan pequeño estaba lleno de personas deambulando y sacando fotos. Nada, que todavía no hemos conseguido salir de la Comunidad de Madrid (jaja), pero ya faltaba poco.

Río Lozoya
Buitrago de Lozoya

Sin entretenernos mucho, continuamos el viaje por carretera y la siguiente parada fue ya en Burgos. Concretamente en un pueblo llamado Aranda de Duero. ¿Que por qué aquí? Sinceramente, porque quedaba más o menos a medio camino de nuestro destino, y porque había un supermercado que nos gustaba para comprar las provisiones para la ruta. Pero sí, este pueblo también tenía su encanto. El río Duero rodeaba la ciudad. Sin embargo, la gente con la que nos cruzamos no fueron demasiado amables que digamos, supongo que tratándose de Burgos es normal porque dirían “a estas dos, que les den morcilla” (jaja, con amor a lxs burgalesxs).

Y ya, con el coche cargado de comida, continuamos el viaje hasta nuestro primer destino: BILBAO.

Recorriendo España…Antequera!

Llevaba tiempo sin ver a mi tía, la que vivía en Málaga. Así que aprovechando que en ese momento mi hermana estaba en Madrid conmigo, decidimos hacerle una visita. Y así, el siete de marzo, al salir yo del trabajo, me vinieron a recoger en el coche de alquiler Yesi y mi hermana, y nos fuimos con las maletas ya hechas, rumbo a Antequera.

De camino a Antequera

Nos quedaba por delante un largo camino, ya que estábamos a cinco horas en coche de allí. Pero teníamos mucha ilusión por llegar; además los preciosos paisajes y la buena compañía hacían el viaje más ameno. Era curioso ver como iban cambiando los paisajes, al pasar de Madrid a Castilla- La Mancha, y luego entrar en Andalucía. Pasando de molinos a campos de olivos.

Al fondo campos de olivos

Como el camino era tan largo, tuvimos que hacer varias paradas. En gasolineras para estirar las piernas, y en algún bar para comer algo. La parada más divertida fue en un lugar de La Mancha de cuyo nombre si quiero acordarme, pero no recuerdo. El caso es que en la colina de esa carretera había varios molinos, sí, como los de Don Quijote. De esos que confundía con gigantes. Me encantan los molinos, y ver tantos así seguidos, me fascinaba. Así que nos paramos aquí a picotear algo en el coche y estirar las piernas…y tanto que las estiramos, que acabamos corriendo y saltando con los molinos de fondo, para grabar un vídeo de felicitación a mi padre, ya que era su cumple.

Corriendo y saltando entre molinos

Por fin, llegamos a Antequera bien entrada la tarde, y aparcamos en una calle super empinada. Porque allí todo era colina arriba, colina abajo. Pero que pueblo más bonito; chiquitito pero ‘mu apañao’. Con sus casas blancas, el pasado árabe que esconden sus muros y calles; y ese olor a Andalucía. De hecho, lo del olor es en parte metafórico y en parte literal, porque olía fuerte. Pero también olía a la alegría de su gente y a lo bien que se come allí.

‘Aparcao’

Mi tía nos recibió con mucho entusiasmo, y sus perritas también. Entramos en su casita de pueblo. Cenamos y nos pusimos al día hasta que se hizo de noche. La verdad es que llegamos muy cansadas del viaje, pero la visita era corta y queríamos aprovecharlo al máximo.

Perritas recibiéndonos cariñosas

Así que, para no perder costumbre, salimos a bailar como siempre que nos encontramos; pero esta vez en Antequera. ¿Habrá sitios para salir a bailar aquí?-preguntamos las foráneas. Pero sí, había concretamente tres sitios pequeñitos pero muy animados, y entramos a uno de ellos para empezar.

¡Vámonos a bailar…digo!

Pensábamos hacer la ruta de Antequera por todos los pubs durante la noche, pero al final nos gustó tanto ese, que no nos movimos de allí. Pusieron mucha música andaluza, canciones modernas también pero con fusión flamenca, que para nosotras era algo totalmente nuevo al salir de marcha. Y nos poseyó el espíritu andaluz o algo, porque empezamos a bailar con palmas, girando las muñecas, zapateando y dando giros; oyendo el ‘ole’ siempre de fondo. La gente de allí nos preguntaban de donde éramos porque decían que se nos daba bien bailar así. Nos reímos mucho y bailamos aún más. Y menos mal que salimos…porque sin saberlo en aquel momento aún, esa iba a ser nuestra última fiesta en mucho mucho tiempo; ya que solo una semana después decretarían el Estado de Alarma en toda España. Así que, como se suele decir, y esta vez además literalmente, a pesar de lo que vino después podemos decir “que nos quiten lo bailao”.

‘Girls night out’

A la mañana siguiente, desayunamos y salimos a aprovechar el día: domingo de ‘turisteo’. Mi tía nos enseñó Antequera. Paseamos por La Alcazaba, el arroyo, La Real Colegiata de Santa María la Mayor, El Arco de los Gigantes – desde el que se ve las preciosas vistas al pueblo blanco de Antequera y a la Peña de los Enamorados. Esta Peña también es conocida como ‘El Indio’, ya que su monte recuerda a la cara de un indio boca arriba, lo cual da mucho pie a sacarse fotos divertidas.

Precioso pueblo blanco de Antequera
Imitando al ‘Indio’

Pero, sin duda, uno de los lugares más impresionantes fue el Paraje Natural de El Torcal, a pocos kilómetros de donde estábamos. Ya el camino en coche para llegar hasta allí era precioso. Sus prados verdes nos recordaban a Suiza.

Prados al estilo Heidi

Y al llegar ya al Torcal y pasear por allí, alucinamos con el paisaje kárstico, con sus rocas calizas con formas caprichosas que se han ido formado mediante la erosión durante millones de años. Parece como si las rocas estuviesen colocadas en perfecto equilibrio. Y el tamaño del conjunto sobrecoge mientras caminas a través de ellas. Desde el mirador se veía a lo lejos Sierra Nevada, haciendo honor a su nombre, pues estaba nevada. Antes de irnos de este precioso paraje, nos sentamos a tomar algo y probamos las famosas tortas de algarrobo.

El Torcal y sus rocas en equilibrio

Después, ya en el pueblo de Antequera nuevamente, empezaba a anochecer y era hora de despedirnos de mi tía para emprender de nuevo el largo camino de vuelta hacia Madrid. Esta vez de camino paramos en Linares (Jaén), para saludar a nuestro primo que tenemos estudiando allí. Nos alegró mucho poder verle, pero teníamos que seguir el viaje porque ya era muy tarde.

Anocheciendo en el camino de vuelta

La verdad es que fue una visita express, en la que casi duró más el trayecto de ida y vuelta en coche que lo que estuvimos allí. Sin embargo, nos alegró mucho el viaje. Primero, porque pudimos pasar unos días con nuestra tía y ver a nuestro primo. Además, descubrimos un pueblo precioso que ni sabíamos que existía. Y, sin saberlo, nos pegamos la última fiesta ‘pre-pandemia’. Así que, como dice el dicho “salga el sol por Antequera, y póngase por donde quiera”.

«Salga el sol por Antequera, y póngase por donde quiera»

Recorriendo España…Guadalajara*

El 9 de febrero nos subimos a una guagua, y tras una hora de trayecto llegamos a Guadalajara. Sabemos que es una de las grandes olvidadas de España, pero ya que estamos viviendo en Madrid, queremos conocer todas las provincias que la rodean. Y además, creemos que cualquier lugar, por insignificante que parezca, esconde algo interesante por descubrir.

Hola Guadalajara

La estación de guaguas era muy pequeña, y ya al bajarte notabas que más que una ciudad, parecía un pueblo. Había bastante silencio y frío, mucho frío; algo normal siendo febrero. Lo primero que nos encontramos al dar unos pasos fue una floristería ambulante. Nos pareció curioso que eso fuese lo primero que viesen los turistas al llegar, pero tenía su explicación, y es que justo detrás estaba el cementerio. Y…llámanos raras, pero entramos a visitarlo. De hecho, fue uno de los sitios donde más tiempo pasamos en esta ciudad; era enorme. Los caídos durante la Guerra Civil tanto de uno como de otro bando. Algunas fechas databan del siglo XIX. Era como visitar un museo, por toda la historia que guardaba.

Cementerio de Guadalajara
Los gatos siempre tan curiosos y místicos (hay 2 gatos, búscalos)

Después, caminamos hacia la ciudad y visitamos el Palacio de los Duques del Infantado. Con una fachada de picos y formas muy bonitas, y un precioso pórtico y patio interior. Fue construido a finales del siglo XV, pero en 1936 fue bombardeado y destruido en gran parte. El Patio de los Leones esconde un divertido juego, y es que entre sus múltiples figuras representadas a lo alto, de leones y grifos, se esconden distintas figuras de animales que hay que encontrar. Por ejemplo, una rana, un caracol o un camaleón. Y teniendo en cuenta que están a lo alto y que todo es del mismo color y material, es un divertido juego que puede entretenerte durante un buen rato. No haré ‘spoiler’ diciendo donde se ubican, obviamente, solo decir que los encontramos todos y que tendrán que ir hasta allí si quieren jugar ustedes.

Picos y pórtico del Palacio del Infantado
Patio de los Leones (Palacio del Infantado)

Paseamos también por la antigua Iglesia de los Remedios, y por la Calle Mayor. Nos sacamos nuestra típica foto con una alcantarilla estándar, y también con otra multicolor que encontramos, y que nos sorprendió bastante teniendo en cuenta la tónica seria, histórica y castiza de este lugar. Almorzamos en el Casino Principal de Guadalajara, uno de los pocos sitios que quedaba abierto un domingo por la tarde.

Alcantarilla multicolor
Iglesia de los Remedios

Frente al cementerio, cruzando la carretera, había una zona boscosa vallada. Nos dio curiosidad y entramos, resulta que se trataba del Zoo de Guadalajara. La verdad que nos dio mucha pena ver a algunos animales encerrados y aparentemente sin mucha atención. Se nota cuando un animal está feliz y aquellos no lo parecían. La imagen era un poco desoladora, la mirada del Lince Ibérico te sobrecogía. La verdad es que llevaba años sin pisar un zoo y me había prometido no ir nunca más a ninguno, y solo ver animales en libertad o rescatados. Los animales deben estar en su hábitat natural y en libertad, esforzarnos nosotros para conseguir verles sin molestar, y no que ellos vivan encerrados y exhibidos para nuestro “placer”. Pero a este zoo entramos sin querer, ya que era gratis y no sabíamos ni lo que era al entrar. Eso sí, salimos lo antes posible de allí porque la energía que se respiraba daba mucha tristeza.

Para quitarnos un poco esa imagen, me metí en una jaula vacía y abandonada que había por allí en un mirador, y me puse a bailar la canción de ‘La Loba’ de Shakira (ya que su videoclip transcurre en una jaula similar). Sé que como activista deja mucho que desear, pero en ese momento no podía hacer mucho más. Era, o pensar en otra cosa poniendo un toque de humor, o tener el impulso de ir, abrirles la jaula y dejarles libres. En mi mente, lo hice, créanme.

Imitando el videoclip de ‘La Loba’ – Shakira

Seguimos paseando ya lejos de allí por fin, y nos topamos con un curioso monumento en una plaza. Se trataba de un pino seco de 110 años tallado y convertido en escultura. Le dieron forma de “escalera” formada por libros, como homenaje a los docentes. Es una bonita manera de darle otra vida a un árbol seco, que de no ser así, hubiese sido talado. Y además, sirve como agradecimiento a todos los docentes de este país, entre ellos mi padre, que lo fue durante muchos años, y mis tías que lo siguen siendo.

Es una profesión que lleva mucho trabajo detrás, y que muchas veces no se aprecia. Donde no solo entran a una aula a enseñar materia, sino que muchas veces, deben actuar de “psicólogas de vida” para personas que todavía están descubriendo quienes son y cual es su camino. Todas tenemos algún profe que nos marcó. Alguno que nos dio un gran consejo que quizás en ese momento nadie parecía escuchar, pero que muchos, seguro, aplicaron años después cuando se vieron en una encrucijada. Alguna que creyó en nosotras cuando ni tu misma lo hacías, valorando lo que entregabas como un tesoro. Alguna o alguno del que quizás incluso te enamoraste, o eso creías en aquella época. Alguno que nos dijo algo duro, que en aquel momento dolió, pero que después te ayudó a crecer. La educación es super importante. Siempre he creído que la mitad de los valores los aprendemos en casa y la otra mitad en clase. Y no me refiero a aprender cosas teóricas – que también, me refiero a lo que absorbiste de pequeña para convertirte en el adulto que eres hoy.

El árbol de la sabiduría

Y aquí, se acaba este fugaz viaje. Con la calle Madrid en Guadalajara, y la calle Guadalajara en Madrid. ¿Qué decir de esta pequeña ciudad? Vale, quizás no es la ciudad más bonita, ni la más interesante, ni la más divertida de España. Quizás tuve más que suficiente con ir durante unos horas. Pero oye, ¿se habían fijado que el nombre de esta ciudad tiene cinco veces la letra ‘a’? Eso es algo que pocos lugares tienen, seguramente, y Guadalajara es uno de ellos. Ya es algo.

Repite conmigo: GuA-dA-lA-jA-rA

Recorriendo España…Segovia*

Corría el mes de enero del nuevo año 2020. Era 5 de enero, Víspera de Reyes. Y decidimos hacer una escapada de un día a Segovia como autoregalo.

Tejados y montaña de Segovia

Nos subimos a la guagua y tras hora y media aproximadamente de trayecto, llegamos a la ciudad de Segovia. Como era de esperar en Tierras de Castilla y siendo enero, el frío era alucinante. Llevábamos varias capas de ropa, guantes, gorro de lana, bufanda, etc, y aún así teníamos frío.

¿Quién dijo frío?

Paseamos por sus calles, torres y murallas. Nos gustó mucho que tuviese un legado histórico tan bien conservado. Parecía que nos habíamos transportado a otra época, como en Toledo.

Arco de la Claustra

Vimos la Casa de los Picos, el Arco de la Claustra, la Puerta de San Cebrián, la Puerta de San Andrés, la Catedral y el impresionante Alcázar; que parece un castillo sacado de un cuento medieval.

Alcázar de Segovia

Nos encantó el Barrio de Judería, con esos edificios y callejones tan místicos. Además, nos llamó la atención unas placas de bronce ubicadas en el suelo que vimos en varias ocasiones con una simbología característica. Al principio no sabíamos de qué se trataba, pero aprendimos que estas placas delimitan la zona de Judería e indican al visitante lugares destacados del antiguo barrio hebreo.

Barrio de Judería
Símbolo de Judería

En la Plaza Mayor de Segovia, con vistas a la Catedral, estaban ya todos los preparativos de la mini Cabalgata de Reyes. Así que la estampa que nos encontramos fue diferente a la que hubiésemos visto en un día cualquiera. Había carrozas, purpurina, e incluso después vimos a los Reyes Magos.

Plaza Mayor de Segovia
La Catedral de Segovia y carrozas esperando la Cabalgata

Para almorzar, como tenemos por costumbre, siempre queremos probar los platos más típicos del lugar. El caso es que el plato típico de Segovia es el cochinillo asado. El cual suelen servir entero y partirlo por la mitad con un plato, ya que su horneado lo deja crujiente. Pero había un problema, y es que soy incapaz de comerme un animal si le veo en su forma entera. Sé que sonará hipócrita, porque lo han matado igualmente, te comas una porción o el animalito entero. Pero visual y psicológicamente si le veo la diferencia. Así que, pedimos solo una porción para probarlo. Y la verdad es que estaba rico. Pero eso de ver como en todos los escaparates lucían orgullosos cochinillos enteros de esa forma tan explícita, nos producía rechazo y pena. Y eso que soy omnívora (como digo yo jaja), pero eso no quita que tenga un alto grado de sensibilidad con los animales. Desde luego, si una animalista y/o vegana pasea por estos restaurantes y tiendas, le daría algo.

Sacamos foto de una estatua porque los cochinillos reales expuestos daba pena verlos

Y dejo lo mejor para el final, porque aunque suene a tópico, lo que más me enamoró de esta ciudad fue su acueducto. Hacía mucho tiempo que quería verlo en persona, y la verdad que era impresionante miraras desde donde lo miraras. Quisimos verlo desde todos sus ángulos. De lejos desde la Plaza de Azoguejo. Desde abajo mismo de los arcos, mirando hacia arriba. Desde cada uno de los laterales. Desde lo alto en el mirador desde donde podías tocar sus muros. Cruzando enfrente desde la Loba Capitalina; o desde el ‘Diablillo del Acueducto’. Era impresionante siempre. Esas sombras que forman sus arcos y columnas; esa silueta vista a contraluz; esa altura imponente; esas piedras colocadas en armonía sin argamasa entre ellas y que aún así se mantienen en pie desde principios del Siglo II d.C. Una auténtica joya que sobrecoge a cualquiera que lo tenga delante.

Frente al gran acueducto
Navidad en Segovia
Imponente sombra del acueducto

Lo cierto es, que nos hubiésemos quedado más tiempo admirando aquella belleza. De hecho, nuestra vuelta en guagua estaba reservada para más tarde. Pero si algo he aprendido, es que viajar en épocas de tanto frío es una faena; porque quieres recorrerlo todo pero al mismo tiempo es insoportable estar en la calle cuando cae el sol. Así que, adelantamos la vuelta para huir de ese frío que se te cuela en los huesos. Y, sin planearlo, llegamos justo a tiempo a Madrid para ver la famosa Cabalgata, y cerrar así una Víspera de Reyes diferente.

Grabando la imagen en mi retina

Recorriendo España…Toledo*

Llegamos a Toledo el 7 de diciembre de 2019. Viajamos hasta allí desde Madrid en guagua, el viaje se hizo corto, ya que solo duró a penas una hora. Llegamos por la mañana para aprovechar la escapada, pues solo íbamos a pasar el día.

Escapada a Toledo

Dentro de la guagua se estaba a gusto por la calefacción que tenía, pero al bajarnos menudo frío hacía, madre mía. Y además de frío, había una neblina super intensa. De hecho, según íbamos de camino en la guagua nos fuimos adentrando por esa espesa niebla, como si circulásemos por Mordor. Y al bajarnos en Toledo esa niebla permanecía. A penas veías a quien tenías delante a un metro de distancia.

Estoy congelada de frío y no se ve na’

Así que al principio, más que haciendo turismo parecía que estábamos en el escenario de una misteriosa película de terror, y que en cualquier momento podía aparecerse alguien detrás de las tinieblas. Es verdad que para sacar fotos no ayudaba mucho, pero he de admitir que en una ciudad patrimonial como esta, la niebla le aportaba un plus místico e interesante.

Halo misterioso de Toledo

Accedimos a la ciudad por la ‘Puerta Nueva de Bisagra’, y ya esto prometía. Parecía que nos habíamos transportado a otra época. Sus edificios antiguos, callejones, puentes, y arcos de entrada a cada parte de la ciudad.

Puerta Nueva de Bisagra
Estrechas callejuelas

Después de dar unos cuantos pasos nos encontramos con muchas tiendas de espadas artesanales. Entramos a varias de ellas porque nos flipaba la variedad y calidad de las mismas. Había de todos los tamaños, pesos y diseños. También tenían armaduras y todo tipo de accesorios de la época. Mirábamos todo con la boca abierta y no pudimos resistirnos a llevarnos una espada artesanal, eso sí, de un tamaño que cupiese en la mochila. No era plan de volver a Madrid a lo Capitán Alatriste, empuñando una espada (jaja).

Espadas toledanas
Armadura toledana

Atravesamos su particular ‘Puerta del Sol’, que nada tiene que ver con la de Madrid. Esta es una puerta medieval que da entrada mientras vas ascendiendo por su casco histórico. También paseamos por la Plaza de Zocodover donde comimos nuestro segundo desayuno – a lo Hobbit -.

Puerta del Sol y la niebla que no falte

Encontramos figuras representativas del ingenioso hidalgo caballero Don Quijote de La Mancha y su fiel escudero Sancho Panza, y no podía ser de otra manera porque aquellas eran tierras manchegas y la esencia de su legado novelístico allí se hallaba.

‘Hola Donqui’

Ya por la tarde, almorzamos en un restaurante de comida ecológica casera que encontramos de casualidad, y ‘de postre’ visitamos el Museo de la Inquisición. Sé que no parece una buena combinación leído así todo junto. Ver algo tan aterrador y despiadado después de un rico manjar, pero todo depende de como se mire. Si lo miras desde un punto de vista meramente histórico y sabiendo que todo aquello quedó ya muy lejos, puede resultar interesante y de paso recordarme una de las razones por las que no creo en la Iglesia Católica. Además, te das cuenta de lo mucho que ha cambiado la sociedad en forma, aunque en esencia sigamos siendo iguales. El ‘qué dirán’; unos que usan mal su poder y quienes lo sufren; vidas sacrificadas por causas injustas; el machismo, etc, siguen presentes.

Museo de la Inquisición

Vimos desde fuera la Catedral de Toledo y nos encantó el grupo escultórico que representa la Última Cena, en la parte superior de la puerta central de la fachada principal. Era como ver el cuadro en 3D. Parecía que estaban allí, sentados ante nosotras.

Grupo escultórico de la Última Cena

Después, ya al atardecer, caminamos cruzando el Puente de San Martín, que atraviesa el Río Tajo; y llegamos hasta el Mirador del Valle. Desde aquí las vistas son impresionantes, siempre he dicho que desde lo alto todo se ve mejor. Se veía el Alcázar de Toledo en lo alto de la colina; la silueta de la Catedral, y en la zona más baja, el Río Tajo bordeando la preciosa ciudad de Toledo. Todo un espectáculo de vista panorámica mientras caía el sol, ahora ya, sin niebla al fin.

Vistas desde el Mirador del Valle
Alcazaba y ciudad de Toledo

Ciudad de las tres culturas donde convivieron pacíficamente durante siglos musulmanes, cristianos y judíos. Tierras manchegas, que recuerdan a Don Quijote. Postal medieval, que te transporta a tiempos pretéritos; Toledo.

Preciosa Toledo

Recorriendo España: Cuenca*

Era principios de Noviembre y mi amiga Isa me había venido a visitar a Madrid. Así que aprovechamos y nos pegamos una escapada a Cuenca. Era nuestro primer viaje de amigas juntas y nos hacía mucha ilusión.

Primer viaje de las Kukis

El 5 de Noviembre por la mañana cogimos el tren lento de Renfe, y después de unas tres horas llegamos a Cuenca. Allí desayunamos otra vez y nos fuimos guiando por los carteles y preguntando a los conquenses para llegar a la zona más interesante para visitar.

Llegamos a Cuenca

Lo primero que nos llamó la atención de Cuenca fueron tres cosas. Hacía un frío impresionante, algo así como el doble del frío que ya traíamos de Madrid. Íbamos bastante abrigadas y aún parecía que el aire frío nos cortaba la piel. Otra de las cosas que nos sorprendió fue que los alquileres allí estaban tirados de precio, por casualidad miramos en un escaparate de una inmobiliaria y era baratísimo – normal también porque más que una ciudad parece un pueblito. Y lo otro que nos sorprendió fue la amabilidad de sus gentes. A toda persona que preguntabas algo se paraban, te sonreían, te intentaban ayudar y hasta te daban conversación. Es cierto que siendo canaria debería estar acostumbrada, pero viniendo estos meses atrás de la gran urbe de Madrid y de varias capitales un tanto soberbias de Europa; sentir ese halo de amabilidad, pausa y simpatía me supo a gloria.

¡Vivan los conquenses!

Cuando empezamos a andar nos encontramos con la Diputación Provincial de Cuenca y el jardín que lo rodeaba, muy bonito con la estampa otoñal de las hojas caídas.

Diputación Provincial y otoño

Seguimos andando y llegamos al Río Huécar. Una preciosa combinación: el río corriendo con ese sonido del agua, las casas antiguas y los árboles frondosos al otro lado. Subimos la cuesta hasta el Parador de Turismo, desde donde habían unas vistas muy bonitas. Y luego bajando un poco teníamos ante nosotras el Puente de San Pablo.

Preciosa estampa de Cuenca

-¡Mira, las Casas Colgadas! – dijimos, emocionadas por tenerlas por fin delante. Las casas colgadas, que no colgantes como muchos dicen. Son una pasada, mires desde donde las mires. Desde lejos impresionan al verlas tan acopladas con el paisaje y las piedras; y desde abajo impacta ver que de hecho sobresale su estructura de la piedra. Es decir, están en parte ‘colgadas’, de ahí su nombre.

Puente de San Pablo y Casas Colgadas
Casas Colgadas vistas desde abajo

Después seguimos caminando un poco más hacia arriba a una zona de bosque, donde nos pusimos a hacer las tontas con las hojas otoñales y boberías varias. Nos reímos mucho con nuestras ocurrencias, y reír venía bien para entrar un poco en calor porque estábamos congeladas.

Como Adan y Eva pero en Cuenca

Cruzamos el Puente de San Pablo y fuimos hasta el Mirador Barrio del Castillo. Las vistas eran impresionantes. De esas que te piden a gritos que le saques fotos.

Admirando las vistas desde el Mirador Barrio del Castillo

Ya apretaba el hambre, así que fuimos a comer a un mesón de comida casera. Ya saben que una de mis máximas al viajar es probar la gastronomía típica del lugar. Así que le pregunté por los platos típicos de Cuenca, y básicamente tenía que elegir entre tripas o un paté de hígado con variadas carnes de caza. Ninguna de las dos opciones me entusiasmaba, pero quería probar algo típico. Así que me pedí la segunda opción: Morteruelo. El nombre ya debería haberme indicado algo, que cosa más asquerosa; con perdón a los conquenses. Es solo mi opinión personal, y se notaba que estaba muy bien elaborado y que lo habían hecho con mucho cariño. Pero ese sabor tan fuerte, a tantas carnes mezcladas,y la textura y aspecto…no son lo mío. Raro en mi, dejé la mitad del plato, y la otra mitad me la comí por no tirarlo y por respeto a ellos, pero enseguida me intenté quitar el sabor de la boca. Para mi era incomible, me recordó a cuando lo pasaba mal en el colegio comiendo algo que no me gustaba, pero encima esta vez yo pedí y pagué el plato.

Ni siquiera le saqué foto al plato, así que pongo esta foto

Después de ese pequeño y pasajero mal sabor de boca, seguimos paseando alrededor de la Catedral de Cuenca y sus acogedoras calles. Casi todos los pequeños comercios estaban cerrados. Había poca vida la verdad, parecía un pueblo. De hecho, queríamos ir a la Ciudad Encantada, pero en una tienda de souvenirs que también hacía de centro de excursiones, nos dijeron que esa excursión era solo una vez en semana. No tenía mucho sentido, pero vale, nos quedamos sin ir. Por supuesto, en esa tienda compramos algunos recuerdos, porque esta ciudad da mucho juego para ello.

Catedral de Cuenca

¿Sabían que la expresión “te voy a poner mirando pa’ Cuenca” tiene un origen mucho más interesante de lo que se puedan imaginar? Se barajan dos posibles teorías.

La más extendida y documentada tendría un origen castizo-madrileño y hace referencia a la postura que adoptan los musulmanes al rezar, que siempre es mirando hacia La Meca. De la expresión “te voy a poner mirando hacia La Meca” refiriéndose a una postura sexual, se modificó posteriormente en España, ya que si trazamos una línea recta desde Madrid hasta esa ciudad islámica, Cuenca sería la primera ciudad importante que la atraviesa.

Otra teoría menos fundamentada, apunta a que el dicho proviene de las andanzas infieles del Rey Felipe I que construyó un observatorio astronómico en Toledo para poder ver desde allí todas las ciudades de su reino; pero no tardó mucho en darle otro uso y para que su mujer, Juana I no le pillase con sus amantes, las subía al observatorio diciendo que las iba a poner mirando para Cuenca. Los guardias del rey, que conocían esta expresión del monarca, la empezaron a utilizar en forma de clave, en los burdeles a los que acudían y así se extendió su uso por todo el país.

Explicación gráfica de la expresión: «te voy a poner mirando pa’ Cuenca»

Tras este interesante apunte de cultura general, continúo la historia contando que tras recorrer toda la ciudad, nos fuimos de nuevo a la estación a coger el tren de vuelta a Madrid. Otras tres horas de lento camino, y como estábamos calentitas con la calefacción del tren y agotadas de tantas horas andando, nos quedamos dormidas. Pero dormidas nivel: se pasó nuestra estación, el tren llegó a la cochera, apagaron todas las luces, se bajaron todos incluidos los de Renfe, y seguíamos durmiendo.

Parece que disfrutar de Cuenca nos dejó agotadas

Mi amiga Isa se despertó y me despertó de un susto. -Tía, ¿dónde estamos y por qué no hay nadie y está todo oscuro? Abro los ojos de repente, asombrada con el panorama y durante unos segundos no sé ni donde estoy. Vale, lo último que recuerdo es que íbamos en un tren de Cuenca a Madrid. Pero…¿por qué ya no hay más pasajeros? Y, sobre todo…¿por qué no hay empleados de Renfe y están las luces apagadas? Y, aún más importante…¿dónde estamos y cuánto tiempo ha pasado? Parecía que nos habíamos transportado en el tiempo y el espacio. No entendíamos nada. Intenté mantener la calma porque veía que mi amiga estaba asustada, pero lo cierto es que a pesar de mi amplia experiencia cogiendo trenes…esto era nuevo para mi. En medio de la oscuridad, vino hacia nosotras un hombre vestido de azul marino, era el técnico del tren, y nos dijo que qué hacíamos allí todavía, que el tren ya se había vaciado y estábamos fuera de cualquier estación. Le dije que nos habíamos quedado dormidas, y tuvo que encender el tren para abrirnos la puerta y salir por un descampado. En ese momento, fue un poco angustiosa la situación, pero ahora cada vez que lo recordamos nos partimos de risa.

Muy relajante viaje en Renfe (jaja)

Y así, con esta anécdota tan rocambolesca, llegamos de nuevo a Madrid, tras haber descubierto esta interesante ciudad; y sabedoras ahora, del supuesto origen de la famosa expresión de “te voy a poner mirando pa’ Cuenca”.

Un placer conocerte Cuenca

Recorriendo España: Zaragoza*

Corría el mes de Octubre, yo ya estaba viviendo en Madrid en un piso compartido. Mis padres vinieron a visitarme, coincidiendo con una fecha aproximada al santo de mi madre. Siempre hemos sido muy viajeros, y ellos venían de ruta desde Francia, así que decidimos encontrarnos en Zaragoza y conocer un nuevo lugar juntos.

El viernes 18 de Octubre salí antes de tiempo de mi curso de Amadeus para ir apresurada hasta la Estación de tren de Chamartín. Allí cogí el tren más económico y lento hasta Zaragoza. Esta vez viajaba sola, yo con mis pensamientos. De hecho, recuerdo que hasta me quedé dormida con el suave traqueteo del tren. Pero no podía despistarme con la parada porque el trayecto terminaba en Lleida y yo me tenía que bajar antes.

Arrancamos rumbo a Zaragoza

Al fin, llegué a la Estación Zaragoza-Delicias por la tarde noche. Mi primera vez pisando Aragón, me hacía mucha ilusión y más aún ver a mis padres después de varios meses fuera. Pero lo cierto es que el tren en que ellos debían llegar venía con retraso. Por lo visto, había habido un pequeño incidente con otro tren y estaban parados a unos kilómetros de distancia. La espera se hizo larga, y hacía frío, de hecho veía que fuera llovía. Y al fin, después de varias horas, llegaron mis padres y nos reencontramos allí, en Zaragoza.

¡Bienvenida a Aragón!

Todos estábamos cansados, así que fuimos en guagua hacia el centro a la búsqueda de la casa de Airbnb que habíamos alquilado. Llegamos, dejamos las cosas allí y cenamos algo fuera; en uno de esos típicos bares, lleno de servilletas usadas tiradas en el suelo – es una de las tradiciones peninsulares a las que no me acostumbro. Luego regresamos a la casa y por fin nos fuimos a dormir.

Zaragoza

Amanecía el sábado en Zaragoza, y hoy tocaba excursión para aprovechar el día. Cogimos una guagua y fuimos hasta el Monasterio de Piedra. Era un lugar precioso. Su jardín histórico estaba lleno de zonas verdes, las hojas de otoño caídas sobre el césped; arroyos, grutas, árboles centenarios y sus famosas cascadas.

Otoño y árboles centenarios
Agua, agua y más agua
Enorme cascada

El Río que lo atraviesa se llama Río Piedra, de ahí su nombre. También visitamos el Monasterio que data del siglo XIII y es de estilo Gótico Cisterciense. Sus pasillos recordaban a la película de Harry Potter. Me imaginaba todo lo que tuvo que ocurrir entre esas paredes en tiempos pretéritos. Los monjes vivieron en este Monasterio durante más de 600 años, y producían un chocolate que todavía hoy se vende allí, con un sabor celestial.

Pasillos del Monasterio de Piedra
Monasterio de Piedra

Ya nos empezaba a entrar hambre, y para evitar ir al restaurante concurrido que estaba dentro del parque, se nos ocurrió andar un poco carretera abajo y encontramos un restaurante mucho más auténtico, sin esperas, a su precio justo y con comida casera exquisita. Fue un gran acierto haber superado la pereza y movernos, para caer en la gula -me invade el espíritu eclesiástico estando aquí.

Caminando en busca de otro restaurante

Al volver en guagua hacia Zaragoza, hicimos trasbordo en Calatayud. La verdad que me hizo ilusión pisar este lugar, porque me sonaba de haberlo leído en varias novelas. Por algún motivo que desconozco, esta pequeña ciudad es muy nombrada entre los literarios.

Calatayud

Por último, el domingo lo dedicamos a patear la capital. Visitamos el Palacio de la Aljafería con sus imponentes torres exteriores y su interior de arquitectura árabe. Paseamos por el Monumento a César Augusto, ubicado frente al Mercado Central. Fuimos a la famosa Plaza del Pilar, que para nuestra sorpresa aún tenía expuesta la ornamentación floral en ofrenda a la Virgen, ya que había sido su santo y el de mi madre hace pocos días.

Exterior del Palacio de la Aljafería
Interior árabe del Palacio de la Aljafería
Ofrendas florales a la Virgen del Pilar

Y, por su puesto, no podía faltar visitar y subir a la Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Subimos los escalones hasta la Torre del Pilar para tener las mejores vistas al Río Ebro, a los puentes que lo atraviesan y a las pintorescas cúpulas de la Basílica.

Río Ebro, puentes y cúpulas de la Basílica
Vistas a Zaragoza desde la Torre del Pilar

Ya tocaba regresar a Madrid, así que fuimos a la estación de tren para comprar el billete del AVE. El hecho de que el tren de mis padres se retrasase tantas horas a la llegada hizo que les reembolsaran todo el billete, por lo que teníamos que ir a la oficina a compensarlo. Resulta que el tren que queríamos coger iba lleno en la zona ‘turista’, así que “tuvimos” que ir en preferente o lo que es lo mismo, primera clase. Esa sorpresa de última hora no estuvo nada mal. Fuimos a la sala v.i.p a esperar calentitos y además, el billete incluía un menú durante el trayecto. Así que, sin comerlo ni beberlo – aunque si comimos y bebimos porque estaba incluido en el billete preferente- llegamos a Madrid como marqueses/as.

Disfrutando de la clase preferente

Zaragoza, ciudad fundada por los romanos, de ríos y puentes. Donde el agua cobra vital importancia. Es curioso saber que su nombre original fue ‘Caesaraugusta’,palabra que fue evolucionando durante sus sucesivas conquistas hasta llamarse hoy en día Zaragoza. Y no podía cerrar este viaje sin decir uno de mis chistes malos; y es que, en Aragón, más vale ‘maña’ que fuerza.

Caesaraugusta

Reflexión final sobre el viaje

Y así, el 11 de Septiembre de 2019 termina el viaje más largo que he hecho en mi vida. Mi ‘Grand Tour’ particular por el continente europeo. Eso sí, añadiendo nuevos destinos a la ruta originaria y al más puro estilo mochilero. El ‘Gran Tour’ original fue un viaje que hacían los jóvenes aristócratas británicos del siglo XVIII, alrededor de Europa, para completar su educación, antes de comenzar la ‘vida adulta’. Se considera el inicio del turismo tal y como lo conocemos hoy. De hecho, en la carrera no paraban de nombrarlo como antecesor de este.

Óleo sobre lienzo por Nicolas-Jean-Baptiste (1763) – Grand Tour

La verdad es que desde pequeña soñaba con hacer algún gran viaje itinerante en algún momento de mi vida, cuando fuese ‘más mayor’. Me podía pasar horas buscando fotos de diferentes destinos, mirando videos, eligiendo qué preferiría conocer. Siendo tan pequeña no podía hacerlo por motivos evidente, era menor de edad y viajar sola no se puede. Después, estaba estudiando y concentrada en la carrera. Y más tarde, cuando por fin acabé, tenía tiempo pero no dinero. Comencé a trabajar en diferentes lugares y a reunir para algún día cumplir ese sueño. En mi último trabajo allí, me dieron una alfombrilla para el ratón con una frase impresa que ponía: “Hasta el viaje más largo comienza con el primer paso”. ¡Es una señal! – pensé. Cada día, leerlo me recordaba que todavía tenía ese sueño por cumplir, y que algún día tenía que dar ese primer paso; solo dependía de mi.

Si esto no es una señal, dime qué lo es

Y aunque mi trabajo me gustaba, decidí hacer lo que mucha gente no haría por continuar en su zona de confort. Dejé todo lo conocido atrás, hice las maletas y me fui para vivir esa aventura que me debía a mi misma desde hace mucho. ¿Vértigo? Claro, siempre da vértigo. Y eso que no soy fan de la comodidad, pero ¿quién no se siente a gusto en su zona de confort? La misma palabra lo dice: ‘confort’. ¿A quién no le tiembla aunque sea un poco el pulso si piensa en comenzar de cero para ir hacia lo incierto?

¿Qué hago Wilson?

Pero las ganas pudieron más que el miedo. Esa cabezonería mía de creer que hemos venido al mundo para ser felices y vivir aquello que nos llena el alma. Que el dinero es necesario en este sistema que vivimos; pero por si mismo no da la felicidad, acumulado en una cuenta bancaria o en bienes que no tienes tiempo de disfrutar. Que cuando seamos viejitxs no recordaremos todos los días que pasamos trabajando sino todas las veces que vivimos cosas que nos dejaron sin aliento. Y viajar es una de ellas. La magia de ver un lugar por primera vez, y saber que ese momento es único e irrepetible. Sentirte como un bebé cuando se emociona hasta por ver una cuchara porque es algo nuevo. Y da igual la edad que tengas, cada vez que llegas a un lugar nuevo sentirás esa sensación. Son imágenes que además de en las fotos, se te graban en la retina, y al igual que una canción, nunca podrás borrar de tu memoria, porque van de la mano con las emociones.

Tapándome los ojos para no ver todavía el Coliseo

Viajar itinerante es sentirte nómada, como nuestros antepasados. Es estar en el presente, aquí y ahora, poniendo en práctica las enseñanzas budistas sin darte ni cuenta. Porque sabes que todo es efímero, que solo estarás en ese lugar unos días y quieres saborear cada momento y fijarte en cada detalle.

Flipando con los Alpes suizos

Además, un viaje siempre dura mucho más de lo que dura realmente. Desde que nace la idea, hasta que empiezas a trazar la ruta y reservar meses antes. Pasando por el viaje en si mismo. Y cuando vuelves, el viaje sigue vivo porque cada foto te transporta de nuevo a ese lugar y al momento que viviste allí.

El viaje empieza mucho antes de que empieces a viajar

Nuestro viaje itinerante duró 45 días. Visitamos 23 ciudades de 13 países. Todo el recorrido fue por tierra, ya fuese en tren, guagua, metro, tranvía, bicicleta o caminando. Los kilómetros recorridos tanto de ciudad a ciudad como lo que hicimos caminando fueron incontables. Nuestra jornada comenzaba desde bien temprano, ya que tras desayunar comenzábamos a andar hasta que regresábamos al hostal de noche. Así durante 45 días. Tuvimos nuestras dudas al principio sobre si íbamos a ser capaces de aguantar tanto trote. Pero es cierto ese refrán que dice que “sarna con gusto, no pica”. Y es que, la ilusión superaba al cansancio. Las ganas de verlo todo, de descubrir nuevos lugares cada día. Viajar es adictivo, porque a pesar de lo largo que fue, se nos hizo corto.

Ruta itinerante de 45 días
Ciudades donde pernoctamos en hostales

Nuestra idea del viaje era ser viajeras y no turistas. La diferencia en pocas palabras es básicamente que el viaje no pasa por ti, sino que tu pasas por el viaje. Es decir, viajar desde la humildad y el respeto. Probar la gastronomía en restaurantes familiares que no sean tan turísticos. Interesarte en conocer la cultura de cada lugar. Intentar hablar el idioma, aunque sea chapurreando algunas frases para que te entiendan los locales. Perderte por rutas no trazadas, para explorar más allá de donde la gente pisa y huir del rebaño. Conocer lugares naturales y practicar actividades al aire libre. Saber donde has estado e irte de allí conociendo la esencia de ese lugar. Eso para mi, es viajar.

Piérdete por las rutas no trazadas

Viajar te hace más humilde, al ver que solo somos una minúscula hormiguita en este planeta. Te aporta nuevas enseñanzas. Y no solo del lugar sino de ti misma, cuando piensas que eres una persona super abierta y tolerante pero te das cuenta que hay algunas actitudes que te chocan demasiado y no toleras tan bien. Que son distintas costumbres y formas de vivir y ver la vida, pero que nadie tiene la verdad absoluta. Que nadie es mejor que nadie, solo somos diferentes, y el respeto debería ser universal. Que todos somos seres humanos, y en el fondo tenemos las mismas necesidades. Da igual si eres alemana, croata, portuguesa, inglesa, eslovaca, eslovena, suiza, polaca, francesa o italiana. Todas las personas sonríen, todas se enfadan…aunque sonrían y se enfaden por motivos diferentes.

Cara de intolerante (jaja)

Durante nuestro viaje si que seguimos algunos rituales, no por superstición sino por marcarnos alguna rutina dentro de tanto cambio constante. Nuestras dos rutinas divertidas eran sacarnos fotos con una alcantarilla de la ciudad al llegar a ella; y comprar rascas de lotería en cada país al que fuésemos – y probar suerte a ver si eso nos pagaba parte del viaje – (jaja).

Ritual en una alcantarilla de Amsterdam
Rascas italianos en Venecia
Rascas polacos en Wroclaw

Como reflexión final, debo decir que noto que no soy la misma que empezó este viaje. Algo así, te cambia. Te abre la mente en muchos sentidos. En formas que puedes aplicar, ya no solo a viajar, sino a la vida en general. Que la vida es un viaje de duración indeterminada y de giros inesperados, y que viajar ligero es mejor. Dejar atrás el pasado, centrarte en el momento presente, no agobiarte demasiado por el futuro. Que una maleta ligera pesa menos. Porque casi siempre, menos es más. Porque no necesitamos poseer muchas cosas, sino vivir muchas cosas. Y las vivencias no se almacenan en ninguna maleta; no pesan. Que muchas de las cosas que tenemos, ni siquiera las necesitamos, y si prescindiéramos de ellas no pasaría nada. Que no hay que aferrarse a nadie ni nada, porque la vida es una continua sucesión de bienvenidas y despedidas; y lo único constante es el cambio. Que seguiremos teniendo capacidad de asombro aunque tengamos cien años vividos y creamos haberlo visto todo. Cuando te das cuenta de todo esto, la vida te parece más sencilla.

Viajar ligero como metáfora de vida

Me siento agradecida por haber vivido este gran viaje en el que casi todo salió bien. Agradecida por haberme atrevido a dar ese primer paso. Porque como decía Walt Disney: “si puedes soñarlo, puedes lograrlo”; y así fue. Me encanta soñar, pero para mi, una de las frases más satisfactorias que se puede pronunciar es: “¡lo hice!”. Y sí, este viaje ya lo hice.

¡Lo hice!

Gracias a la vida por permitirlo. Y gracias a ti, Yesi, por acompañarme en esta aventura.

Paris Mon Amour
Por las calles de Berlín

Namaste.

The End.

Vigésimo segundo destino…Portimao!*

Llegamos al Algarve, concretamente a la ciudad de Portimao, el 9 de Septiembre por la noche, ya que tuvimos que hacer trasbordo con el tren para llegar hasta aquí desde Lisboa. Se trata de la región más al sur de Portugal, una de sus zonas más turísticas y destino de playa por excelencia.

La verdad es que estábamos cansadísimas y además el tren se había retrasado, y llegamos a Portimao más tarde de lo previsto. El hostal ya iba a cerrar el check-in, y tuvimos que avisar a la recepcionista para que nos esperase hasta llegar allí porque había sido por causas de fuerza mayor. Se portaron genial y nos dieron la bienvenida con una sonrisa al llegar. Lo cierto, es que casualmente esa noche no había nadie en nuestra habitación compartida, así que estuvimos de lujo sin tener que despertar a nadie, ni estar atentas a nuestras pertenencias. Cenamos algo en el único restaurante que quedaba abierto a esas horas, y nos fuimos a descansar para aprovechar el día de mañana.

Casitas de Portimao

A la mañana siguiente, desayunamos en un precioso patio con vegetación que tenía el hostal en la parte trasera. Nos supo a gloria y nos recargó las pilas para disfrutar del día a tope. Dimos un pequeño paseo por la ciudad (si se le puede llamar así, porque es diminuta -más bien parece un pueblito); y visitamos desde fuera la Iglesia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción. Nos hacía gracia como todo el mundo utilizaba la Iglesia de referencia para darte indicaciones, incluso los jóvenes… “de la iglesia hacia la derecha”… “más allá de la Iglesia”. Parecía ser el único edificio emblemático que hubiese por la zona. Además, en Portugal, Iglesias siempre hay muchas, pero se referían a la más grande de todas, suponíamos.

Escultura sobre tradiciones

Nosotras íbamos buscando mar, queríamos pasar un día de playa, reencontrarnos con nuestro querido Océano Atlántico. Así que cogimos una guagua (también muy de pueblo) en la que las señoras de la parada se ponen a la sombra mientras se quejan en voz alta de lo que tarda en llegar; y el chófer te dice que le avises de en qué playa te vas a bajar. Y finalmente, llegamos a la ‘Praia da Rocha’. Ya nos empezaba a sonar todo más familiar: kioscos de playa que venden flotadores, pelotas de playa y colchonetas hinchables; personas paseando sin prisa y comiendo helado; gente paseándose en bañador o bikini por la calle; la vida despreocupada, y sentir arena en los pies.

Día de playa
Enormes playas del Algarve
Rica arena bañada por el Océano Atlántico

Pero había algo que fue totalmente nuevo para nosotras y que no descubrimos hasta dar unos cuantos pasos por la arena caliente. Cinco pasos…vale, arena. Diez pasos…vale, mar. Viente pasos…parón en seco…¡hala, mira eso! Una pared de acantilado de pura roca y varias rocas incrustadas y repartidas por el mar. La típica imagen de playa del Algarve, pero que es aún muchísimo más impresionante en persona que en foto.

‘Praia da Rocha’
‘Praia da Rocha’

Después de pasear por la orilla flipando con el paisaje y sacar cientos de fotos, fuimos a almorzar a un restaurante en primera linea de playa, para poder seguir disfrutando de esas vistas mientras comíamos.

Vistas desde el restaurante

En realidad se supone que teníamos cierta “prisa” por irnos a la Estación de Tren, porque debíamos llegar a tiempo para poder coger luego el trasbordo hasta Lisboa nuevamente, porque ya teníamos reservado el tren-hotel de Lisboa a Madrid. En otras palabras, o cogíamos el primer tren desde Portimao a cierta hora, o nos quedábamos en tierra.

Playas que embelesan a cualquiera ^^

Pero es que, aquello era demasiado bonito como para irnos tan pronto, y el paisaje nos tenía embelesadas. Así que nos arriesgamos un poco, y seguimos caminando por la avenida de la playa hasta llegar al Mirador de la ‘Praia dos Três Castelos’. Allí alucinamos con una cala que descubrimos desde las alturas, y me asomé al risco cual baifillo para sacar una buena foto. Las turistas pasaron miedo por mi, viendo donde me puse para sacar la foto. Pero yo no vi peligro, solo veía belleza y quería plasmar ese momento en una imagen para recordarla siempre.

Impresionante cala escondida vista desde el mirador
Como un baifito por el monte
‘Praia dos três Castelos’

Distraídas por tanta belleza del lugar, se nos había echado el tiempo encima. Ya ni caminando, ni en guagua llegábamos a tiempo a la Estación de Tren, así que…ahora si nos entraron las prisas. Corre, piensa, plan B. Pues un Taxi, pero resulta que de eso tampoco abundaba aquí. Tuvimos que esperar bastante para que apareciese uno, o al menos a nosotras nos pareció eterno porque ya el ‘tic tac’ nos resonaba en la cabeza.

¿Cómo irte de un sitio así de bonito?

Por lo pelos pero sí, llegamos a tiempo justo para ir a buscar las maletas al hostal; hacer el check-out más apresurado que he hecho jamás; seguir con el taxi hasta la Estación de Portimao y subirnos al tren. Apuradas, pero todo salió bien. Primera escala: Tunes. Con ‘S’ que no con ‘Z’. Como el ‘iTunes’ pero sin ‘i’. Bueno vale, ya lo pillaron…Tunes en Portugal. Resultaba ser un pueblo con unos dos mil habitantes, una mini Estación de Tren al aire libre donde a penas cabía un tren, y absolutamente nada de vida alrededor. Pues resulta, que cuando fuimos a validar el pase, nos informan que ya no quedan asientos libres en ese tren. Le pregunto a la chica que cuando es el siguiente, y me dice que mañana. ¿¡Mañana!?…pero si tenemos que estar en Lisboa esta misma tarde, si o si.

Tanta belleza nos empezaba a costar caro, ups

En fin, las cosas se empezaban a truncar. Estas cosas pueden; y de hecho, suelen pasar en los viajes largos. Era raro que no nos hubiese pasado antes. Piensa, piensa, piensa. Pero más que pensar, en estos casos es mantener la calma y actuar. Buscamos guaguas hasta Lisboa, no había. ¿Un taxi?, no había casi taxis y salía carísimo. ¿Alquiler de coches?, no había. ¿Autostop?, no sé quien nos podía recoger allí si no había nadie. Vale, las opciones se nos acababan y la tensión crecía, aunque mezclada con adrenalina también; tenía su punto. De repente, llegó el que debería haber sido nuestro tren pero que iba lleno, y la gente comenzó a subirse. Se bajaron los revisores y demás empleados. Actuar, actuar, actuar – pensamos. Así que fuimos corriendo hacia el revisor, y con un poco de cara de ‘gatito de Shrek’ y con mucha humildad, le contamos nuestra situación. También había otro grupo de australianos intentando que se apiadaran de ellos. Al principio nos dijeron que no podían hacer nada, que no había asientos libres. Pero al final, conseguimos convencerle y nos dijo que sí, pero que deberíamos ir de pie en una zona de paso cerca de la maquinaria. Esas palabras sonaron mejor que la lluvia cuando hay sequía, porque significaba que habíamos salvado nuestro plan.

Salvadas por los pelos, subimos al tren rumbo a Lisboa

Fuimos durante todo el viaje de pie, intentando sentarnos en las maletas o en el suelo. Las únicas vistas al paisaje eran por una ventana con hierros que lo tapaban (parecía que nos habíamos portado mal e íbamos en una cárcel-tren). Bromeando con los australianos y haciendo de “conserjes”, abriendo la puerta corredera del baño a todo el que quería entrar; pasamos las casi cuatro horas que duraba el viaje, hasta llegar a Lisboa, por tercera vez en este viaje.

Mis green-bártulos viajando a lo mochilera total
Sintiéndome la maquinista, con la preciosa ventana tipo cárcel de fondo

Y ya en Lisboa, cogimos el tren-hotel nocturno para llegar a la mañana siguiente a Madrid; esta vez sí, para quedarnos ya allí a empezar una nueva vida.

En la ‘Estación de Oriente’ (Lisboa), esperando el tren-hotel rumbo a Madrid
A dormir con el traqueteo que mañana amanecemos en Madrid

Fin del Viaje Interrail 2019.

Wiii, hemos completado el viaje
Fin del Viaje Interrail 2019 – logro conseguido 😀