Quinto destino…Bremen!* (con sorpresa)

Bremen, ubicada al noroeste de Alemania a tan solo unas horas en tren desde Amsterdam. Es cierto que no es una ciudad tan cosmopolita, de hecho es el primer lugar de los que hemos ido en la que nos sentimos bastante observadas por ser extranjeras. Y ya desde el tren el carácter alemán se hizo notar. Un hombre que gritó a una pareja que se callaran porque decía que el tren es para ir en silencio, cuando ellos solo susurraban una conversación privada; o como aquella señora que nos dijo desde atrás por una acera amplia y totalmente vacía que le dejemos pasar; son curiosas formas de ver la vida que diferencian a una sociedad de otra y sus costumbres o creencias.

Centro histórico de Bremen

El primer día llegamos tarde y cansadas, así que solamente fuimos por los alrededores y descubrimos un parque precioso. Era alucinante, nada más entrar había un lago y todo lleno de árboles con diferentes tonos de verde, algún pato escondido en la casita del lago y un molino de fondo. Fue una joya que descubrimos allí, en medio de la ‘nada’, sin querer. Y trepé por un árbol como mono que soy, y sí, casi caigo al agua por querer fotografiar a un pato que yacía tumbado en una rama cerca mía. Ver el agua tan quieta da tanta paz. Es una sensación muy relajante, y diferente, teniendo en cuenta que soy canaria y estoy acostumbrada al bravo Océano Atlántico. Ese día no tuvimos tiempo de mucho más, aprovechamos para comprar en el super, y también tuvimos tiempo de perder una de las llaves del hostal, o creer que la habíamos perdido, cuando en realidad la encontró el recepcionista puesta en la puerta al llegar nosotras de comprar.

El parque que nos dejó alucinadas
Haciendo honor a mi signo del zodiaco chino

El segundo día fue para visitar el casco histórico de Bremen. Con su ayuntamiento gótico, la catedral con sus techos puntiagudos y verdes, y la famosa estatua de Rolando de unas dimensiones que asombran, que simboliza la libertad de comercio. Estaba deseando llegar a la zona de Schnoor, de la que tanto había leído recomendaciones para visitarla. Me ilusioné toda cuando leí el cartel en una calle ‘zum Schnoor’ – mira, ¡ya estamos llegando! Y desde luego, no me decepcionó. Es como adentrarte en un cuento, con las casas que parecen de juguete, los callejones con adoquines; algunos tan estrechos que tenías que ir de lado y pararte para que los de en frente pudieran pasar. De repente salías del callejón y había otra callejón lleno de tienditas. Y de cuento es de hecho esta ciudad, porque aunque no sea un lugar tan visitado, seguro que a todas les suena el cuento de ‘Los músicos de Bremen’. Ese cuento que nos leyó mi tía tantas veces cuando yo, mi hermana y mis primos eramos pequeños. Quién me iba a decir a mi que algún día yo estaría donde se inspiró ese cuento y vería la famosa estatua de los músicos de Bremen.

Centro histórico de Bremen
Estatua de los músicos de Bremen
Schnoor

La zona de Böttcherstrasse fue otro descubrimiento alucinante. Sus casas de ladrillo rojo oscuro y sus callejones con terrazas típicas alemanas de mesas y bancos alargados de madera a lo ‘Oktoberfest’ invitaban a sentarse. Y eso hicimos, degustar allí mismo comida típica de Bremen. Y justo cuando nos sentamos a comer, comenzó a sonar música en esa plaza, y buscábamos para descubrir de donde procedía. Era en la fachada de enfrente, sus campanas sonando en conjunto hacían una canción y mientras imágenes con la historia de Bremen se iban cambiando al compás de la música. Fue un momento mágico. De repente todos los que paseaban se detuvieron. Algunos sacaron sus móviles para inmortalizar el momento, otros en cambio prefirieron disfrutarlo con sus propios sentidos. La música consigue ese tipo de cosas, que todos se detengan y presten atención al presente. Fue genial.

Comiendo en Böttcherstrasse
¡Que suenen las campanas!

El último día sentíamos que ya habíamos disfrutado bastante de Bremen, y mirando el mapa vimos lo muy al norte de Europa que estábamos. Entre eso y que una brújula gigante de bronce en la zona de Schlachte nos recordó la tarde anterior los pocos kilómetros que nos separaban de Escandinavia; nos miramos y leyéndonos la mirada dijimos: ¿y si vamos? A una isleña aventurera como yo le das continente y se echa a correr. Pensamos en ir más lejos aún, pero las horas de tren lo hacían inviable para ir y volver el mismo día. Así que finalmente fuimos a una ciudad marítima de Dinamarca para pasar allí unas horas y al menos dar el primer mordisquito a Escandinavia. Para en alguna otra ocasión dedicarle un viaje entero a esa zona. Y la ciudad elegida fue Sønderborg. Incluso su nombre suena bonito. No dio tiempo para mucho: cambiar rápidamente en la aplicación de Revolut de Euros a Coronas Danesas, una parada en Tinglev de escala del tren para tomarnos algo y comprar un rasca danés – compro un rasca de cada ciudad, es otra de mis manías además de hacer foto a las alcantarillas – llegar hasta Sønderborg con lluvia y frío, visitar la zona marítima, tomarnos algo, flipar con la plaga de medusas que había siendo una zona tan fría, pasear por un playita y volver a irnos a Bremen en otro tren.

¿Un capricho aventurero? Quizás. Pero que capricho más sabroso.

Pellizcando Escandinavia
Playita de Sønderborg
Sønderborg

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