En Eslovaquia estuvimos poco tiempo, tan solo día y medio pero muy bien aprovechado. El primer día como llegamos por la tarde y estábamos cansadas de tanto trayecto desde Polonia, tan solo hicimos una pequeña compra, cenamos y planeamos lo del día siguiente.

El único día entero que pasamos en Bratislava fue muy fructuoso, aunque empezó la mañana de manera triste para nosotras ya que nos llegaban noticias de que nuestra isla, Gran Canaria, se estaba quemando con varios grandes incendios activos al mismo tiempo y sin medios suficientes. Fue una noticia que nos derrumbó completamente cuando ves imágenes tan devastadoras de tu tierra, y no es por sonar poética, pero de verdad que ahora lo puedo decir habiéndolo vivido en mis carnes: “verlo desde lejos duele más”. Yo siempre me las doy de que nunca lloro y quien me conoce lo sabrá que no soy de llanto fácil, pero ese fue un desayuno con lágrimas de impotencia. Aprovecho para enviar toda la fuerza a Gran Canaria y desear que esta pesadilla se acabe pronto. Y decir que pase lo que le pase a mi isla, siempre será preciosa.

Tras ese momento de bajona total, decidimos cambiar el chip porque desde aquí no podemos hacer mucho por ayudar desgraciadamente y porque como dice la canción de ‘Queen’, “Show must go on” (el espectáculo debe continuar); me parece un gran himno hacia la positividad en los peores momentos. Una canción de fuerza y valentía. Así que para animarnos nos preparamos y alquilamos unas bicicletas en el hostal. Una de las cosas que más me animan cuando estoy de bajona es hacer deporte, y en particular ir en bici a una cierta velocidad y sentir el viento en mi cara.

La ruta en bici duró todo el día. Primero fuimos al lugar más lejano que queríamos visitar: el Castillo de Devin. Se trata de un castillo en ruinas con impresionantes vistas al río Danubio y Morava. Fueron aproximadamente unos diez kilómetros de ida y otros diez de vuelta, paseando entre árboles con diferentes tonos de verde y otras partes de la ruta tuvimos que hacerlas por carretera. Al llegar allí y antes de ascender al castillo, nos encontramos con unas simpáticas ovejas que se acercaron a saludar y a las que les tiramos manzanas para que no pasaran tanto calor.


Estaba el día demasiado caluroso como para estar mucho tiempo al sol, así que cuando ya habíamos disfrutado de las vistas desde el castillo, bajamos hacia el pueblito que estaba justo abajo a comer y beber algo. Como anécdota graciosa contar que los de Eslovaquia son un poco brutos/exagerados. Al pedir una limonada para mi en aquella terraza-restaurante, me dice la camarera en inglés que ‘solo’ le queda un litro de limonada. Y yo, aún entendiendo lo que me decía no entendía cuál era el problema si solo quería un vaso para mi. La camarera me repite otra vez, pero solo me queda un litro. Y para que fue eso, las risas que nos pegamos después nosotras con la “poca” cantidad de limonada que le quedaba para mi. Un litro para una sola persona acompañando a la comida es una exageración, pero a ellas les parecía poco. Al final, con un poco de esfuerzo y un poco de ayuda, me la bebí.

Después de comer y beberme la super limonada de un litro (‘nada más’) cogimos las bicis para volver al centro, ya que el cielo se empezaba a poner algo feo tras tanto calor, y una tormenta llegaba por países cercanos y no queríamos que nos cogiera de camino. Al final solo cayeron cuatro gotas y hacía viento, pero gracias a eso llegamos rápido al centro y pudimos visitar la ciudad. Me llamaba mucho la atención, yo que soy del gremio, que a lo largo del río Danubio hubiera varios ‘Boteles’, es decir, hoteles flotantes en barcos anclados fijos al muelle con aspecto muy curioso. Además, sonará a tontería, pero me enamoré del conocido como ‘Puente Ovni’ porque tenía dos niveles, uno para coches y otros vehículos a motor y atención…un nivel más bajo para que las personas, animales y bicicletas puedan pasar de un lado al otro de la ciudad sin tener que ir en coche o transporte público. Suena a obvio, pero es el tipo de puente que yo siempre he pensado que debería haber en Gran Canaria para ir de un sitio a otro andando o en bici, sin que te obliguen a usar transportes a motor o pagar. No es tan difícil, Bratislava ya lo ha hecho.


Destacaría dos atracciones del centro que nos gustaron mucho: la escultura de un hombre saliendo de una alcantarilla (‘Cumil’ en eslovaco o ‘hombre trabajando’); y la llamativa Iglesia de Santa Elizabeth que es de color azul pastel de estilo modernista y parece sacada de un cuento. Todo en ella es azul, hasta su interior. La razón de que sea azul la desconozco, aunque podría ser porque antiguamente era la capilla de un colegio y era un color más divertido para lxs niñxs, y decidieron dejarlo así al ver el éxito que tenía con los turistas, son solo conjeturas mías.


Solo una mala noticia de esta preciosa ciudad, es la única en la que no hemos encontrado de ninguna manera una alcantarilla con el nombre de la capital para poder sacarnos la tradicional foto con nuestros pies a modo de “hemos estado aquí”. Pero como a falta de pan buenas son galletas, le saqué la foto a una papelera que me gustó y tenía el nombre de esta ciudad de castillos; Bratislava.
