Décimo destino…¡Liubliana!*

Otra vez los múltiples controles fronterizos, que hay que pasar si vas en guagua y que evitas si vas en tren. En medio de una dormilona en la guagua te despiertan con el micrófono: “passport control, passport control”. Y nos bajamos con cara de recién despertadas para pasar por la policía aduanera y enseñarles nuestro pasaporte: “¿España? ¡Ah, pasen!”. Y vuelta a subir a la guagua para bajarnos unos metros más adelante de nuevo. La primera vez por la salida de un país y la segunda por la entrada en el otro. ¡Y por fin llegamos a Liubliana!

Pasando la frontera de Eslovenia

Nuestro hostal estaba ubicado en el barrio de Metelkova, un lugar artístico y transgresor; con un espíritu indomable y ‘underground’. Actualmente funciona como un centro cultural autónomo dividido en los diferentes edificios de lo que antes fue el cuartel militar del ejército esloveno de la antigua Yugoslavia. Los punkies y hippies en sus terrazas, te miraban al entrar por el barrio como si fueses una ‘forastera’ y te sentías casi culpable de ser ‘turista’ porque estaba lleno de carteles indicando que no sacaras fotos donde aparezca gente de allí. Desde luego al entrar en ese barrio te trasportabas a otro ambiente. De hecho, el hostal donde nos quedamos fue una antigua cárcel Yugoslava. Toda la historia que vivieron esas paredes y calles le dan un carácter especial a la zona.

Metelkova
‘Todos los gatos son preciosos’ (miau)

Al día siguiente, ya más descansadas, fuimos de excursión al Lago Bled. Se trata de un lago glaciar de los Alpes Julianos. Viéndolo desde la altura del lago es bonito, pero verlo desde alguno de sus miradores es espectacular. Y como no queríamos perdernos esas vistas, y a pesar del calor que hacía, hicimos la ruta de senderismo hasta el mirador de Ojstrica. Llegamos fatigadas a la cima pero cuando te acercas al banco de madera y levantas la vista es uno de esos momentos en los que crees que estás mirando una postal, por estar contemplando un paisaje tan fotogénico: “¡guau!” – es lo único que te sale decir.

Lago Bled desde abajo
Cabaña frente al lago
Lago Bled desde el mirador de Ojstrica

Ese mismo día al llegar al hostal empecé a tramar una de las mías. Ya desde el día anterior, ojeando los folletos de atracciones turísticas y actividades que hacer por la zona me había picado la curiosidad con una de las actividades. Combinaba naturaleza y un toque de aventura/peligrosidad intrigante. Así que investigando mucho por Internet, esa misma noche lo reservamos para el día siguiente, hablando con un chico experto que se dedicaba a ello. Sus palabras fueron: “mañana a las 13:00h en Markovec, 15A” Y con el mismo misterio que él lo dijo, yo les dejo intrigadas a ustedes hasta próximos párrafos.

Si quieres descubrir el misterio, sigue leyendo…

Al día siguiente nos esperaba un gran recorrido y una aventura, porque al fin y al cabo, no sabíamos cómo llegar a esa dirección que nos dijo. De hecho nos especificó que la única manera de llegar era en coche o taxi. Pero como si oyésemos llover, de cabezotas, cogimos un tren hasta el pueblo más “cercano” en el que podía dejarnos: Rakek. Desde allí a nuestro destino todavía había una distancia de media hora en coche. Además se trataba de un diminuto pueblo solitario, en el que nadie parecía ayudarnos demasiado. Así que decidimos caminar un poco más y encontramos un restaurante familiar. Entramos por probar suerte y tomar algo porque hacía mucho calor. Y fue lo mejor que hicimos. El chico joven de la barra se esmeró mucho en buscar todas las posibilidades para llegar hasta esa dirección. Finalmente Nina, una de las empleadas, se ofreció a llevarnos en su coche por la mitad de precio de lo que costaría un taxi. Accedimos, por supuesto, parecía una chica de fiar y sinceramente, tampoco teníamos muchas más opciones. Así que azotadas por un golpe de suerte, media hora después y tras un ameno paseo en coche llegamos a ‘Markovec, 15A’. Le pagamos lo acordado a Nina y bromeábamos con darle una puntuación de cinco estrellas por haberse sentido como una conductora de Uber.

Markovec, 15A

Aleluya, por fin estábamos en esa dirección. Era una casa enorme, un hostal – pensamos; con restaurante – deseamos. Pero no, ya no había restaurante. Nos acercamos a lo que parecía ser el restaurante y había dos señoras comiendo que nos miraron asombradas. Rezando para que supieran inglés, les pregunté desde lejos -por si acaso saliera alguien con la escopeta por entrar en su territorio (si, he visto muchas películas del oeste) – si había un restaurante allí y se echaron a reír.

En la planta de abajo, el antiguo restaurante del hotel, y una de las señoras que nos ayudó

Me dijeron que antiguamente fue un restaurante pero que ahora era una casa de alquiler privado y que la cocina era solo para los huéspedes. Le dije que veníamos a ver a Miha, y enseguida les cambió la cara. Nos invitaron a sentarnos a la sombra y a beber algo. Y creo que debieron notar nuestra cara de hambre mirando el plato que comían ellas, porque al rato nos invitaron a comer a la mesa. Así que allí estábamos, en un pueblo rural de Eslovenia, en una casa sin vecinos cercanos, con unas desconocidas, comiendo pescado de río recién pescado, ensalada al estilo eslovaco y chocolate de postre. Sin entender cómo podíamos haber tenido tanta suerte, y sin tener ni idea de como volver al hostal cuando la aventura acabase, pero entusiasmadas.

Contenta por el golpe de suerte y deseando empezar la aventura

Tras esa comilona y una conversación con la encantadora familia, que por cierto conocían y adoraban las Islas Canarias y España, apareció el famoso Miha y fuimos con él para comenzar la aventura. Subimos al 4×4 nosotras y una pareja italiana, y tras media hora por carreteras estrechas y caminos de tierra llegamos al bosque profundo. Llegamos un poco mareadas porque corría bastante y frenaba de repente en las curvas, pero la emoción podía más que el malestar. Y empezó la caminata, solo eran unos cinco minutos andando. La tierra empapada por la lluvia del día anterior con charcos, y ya nada más empezar; pisadas. Los pelos de punta al ver pisadas recientes de oso por el mismo camino que tu pasas ahora. Y te preguntas si podrían salir en cualquier momento y tu ahí, desprotegida. Es una sensación de adrenalina y emoción. Teníamos que ir en total silencio.

Pisadas recientes de oso pardo

Después de la pequeña caminata, ya estábamos a salvo, nos metimos en cabañas de madera algo elevadas en medio del bosque, con pequeñas ventanas y agujeros para las cámaras de foto. Se trataba de hacer observación y caza fotográfica de osos pardo en libertad. No se me ocurría nada más emocionante que eso. Miha nos encerró en la cabaña y dijo que no saliésemos bajo ningún concepto hasta que él avisara. La cabaña en silencio. Mirando al horizonte expectantes. Los pajarillos cantando. Cualquier pequeño ruido era una esperanza de que aparecieran, pero no, se hacían de rogar. Esa es la belleza de la naturaleza, que todo sucede de forma libre. No es como un zoológico al que vas y sabes que los pobres animales están allí encerrados a todas horas contra su voluntad. Nosotras éramos las intrusas allí, estábamos en su hábitat natural, y podían aparecer o no.

Dentro de la cabaña, expectantes, con la cámara preparada

Tic, tac, tic, tac…pasaban los minutos, las horas y la esperanza iba menguando. ¿Aparecerán? Seguro que sí, pero a lo mejor hoy deciden ir a comer a otra zona. Permanecíamos casi sin parpadear y mirando a todas las esquinas de la cabaña. Silencio, nervios, intriga. Y de repente todos los pájaros vuelan a la vez huyendo de algo, y se oyen las grandes pisadas de los osos galopando hasta estar frente a nosotras, a unos metros a penas. La familia oso, la madre con sus tres crías. No puedo describir lo que se siente en ese preciso momento en el que los osos aparecen. Y quieres gritar de emoción pero no puedes. Te tapas la boca, abres los ojos a tope y sonríes flipando con el espectáculo natural que tienes delante de tus ojos. Cuatro osos comiendo a escasos metros de ti, durante casi una hora. Escuchas su mandíbula mordiendo, sus dientes chocando. Escuchas sus pisadas. Observas sus movimientos rudos, sus graciosas patas, su pelaje. Yo al no tener una cámara reflex, estuve casi todo el tiempo observándoles directamente, con mi cara metida en donde deberían ir los objetivos de las cámaras. Quería verlo así, sin ventanas de por medio. Cuánto más natural mejor. Y puedo decir, que literalmente, un oso me ha mirado a los ojos, porque cuando empezaban a sacar fotos hacían ruido y los osos nos miraban en alerta. Cualquier ruido les asustaba, ya fuese un pájaro, alguna pisada que creían oír, o las cámaras de foto. Hubo un momento en el que se pusieron todos de pie, fue alucinante, son unas bestias muy adorables. Sin duda es una de las experiencias que voy a recordar toda mi vida. Fue algo mágico, un contacto directo con la naturaleza.

Por aquí me asomaba para verles directamente
Los osos nos miran
Espectacular cuando se ponían de pie

Después de tal experiencia bajamos todos en el 4×4 nuevamente hacia la casa en Markovec. No teníamos ni idea de cómo íbamos a llegar a Liubliana, y ya estaba atardeciendo. Pero no importaba, habíamos visto osos en libertad, y no podíamos hacer otra cosa que alucinar y sonreír y volver a ver los videos y las fotos para creerlo. Pero tuvimos otro golpe de suerte, y la pareja italiana tenía coche y se estaban alojando en Liubliana, así que nos alcanzaron hasta allí.

Río Ljubljanica

Era la última noche en Eslovenia, y realmente no nos había dado tiempo de visitar su capital. Así que aunque fuese de noche, dimos una vuelta por Liubliana. Vimos el Puente de los Dragones, el Castillo de Liubliana iluminado a lo alto de la colina, y el río Ljubljanica. Una ciudad preciosa, con mucha vida nocturna y un ambiente agradable. Eslovenia fue uno de los grandes descubrimientos de este viaje. La joya de los Balcanes.

Puente de los Dragones

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