La primera parada en Portugal fue en la ciudad de Aveiro, al norte del país, a caballo entre Lisboa y Oporto. Llegamos a la estación de tren el 5 de Septiembre sobre el mediodia. El viento prácticamente no nos dejaba caminar con nuestras maletas. Y los murales de las casas estaban decoradas con curiosos dibujos. Buscamos nuestro hostal, y dejamos las maletas para hacer el check-in más tarde porque teníamos mucha hambre y queríamos salir a comer.


Aveiro es un ciudad pequeñita y pintoresca. Lo llaman la ‘Venecia portuguesa’, y aunque no me gusta comparar destinos porque cada uno es único, enseguida entendimos de donde le viene el nombre. Aveiro tiene canales por los que se puede pasear en los ‘moliceiros’ (similares a góndolas). Antiguamente se usaban para recoger y transportar algas (‘moliço’), de ahí su nombre; y sal de un lugar a otro. También se puede pasear en ‘Gaivinha’, una barca 100% eléctrica. Pero nosotras optamos por caminar, en lugar de subirnos a una barca.


Paseamos por el ‘Largo da Praça do Peixe’, con sus casas de colores extravagantes, su canal y sus calles adoquinadas. Y como hacía mucho calor, fuimos al hostal a ponernos más fresquitas y tras pasear por el ‘Jardim do Rossio’, cogimos la guagua que nos llevaría hasta ‘Costa Nova’. No teníamos ni idea de la existencia de este lugar, de hecho para nosotras Aveiro en general, era uno de los grandes desconocidos del viaje. Así que quisimos conocer sitios nuevos y llamativos.

Tras un corto recorrido llegamos a ‘Costa Nova’. De aquí lo más conocido son sus casitas pintadas con bandas verticales blancas y de un color diferente cada una. Pero lo que más nos hizo sonreír, fue descubrir que tras el conjunto de casas se escondían dos playas preciosas, con dunas. La ‘Praia da Costa Nova’ y la ‘Praia da Barra’. Con pasarelas de madera infinitas para llegar hasta la playa, dunas con vegetación…y ante nosotras, por fin, el imponente Océano Atlántico.


Me sentí de repente como una niña chica en Fuerteventura. Corrí por la orilla mojándome los pies con su fría agua atlántica, hice la croqueta por sus dunas, y cerraba los ojos sonriendo al sentir la brisa, la arena y el sol acariciando mi cara. Durante unos segundos me transporté; me sentía en casa.


Tras un par de horas disfrutando de aquel hermoso lugar, fuimos a esperar a la guagua de vuelta. Y lo de ‘esperar’ fue muy literal, porque la guagua nunca venía. Eso también me recordó a Fuerteventura jaja. Pasamos el mismo tiempo esperando a que viniese la guagua que disfrutando del lugar. Además, mientras esperábamos, a lo lejos vimos varios conatos de incendios en un monte que no parecía estar tan lejos de donde estábamos. Pero en Portugal los incendios parecen un elemento más del paisaje, porque solo parecía sorprendernos a los extranjeros.

Increíble pero cierto, al final llegamos de nuevo al centro de Aveiro, y paseamos por sus plazas y calles. Cenamos y nos fuimos al hostal a descansar. Pero hablando en nuestra habitación abuhardillada, algo nos olía a chamusquina y era literal. Preocupadas, empezamos a pasearnos por las habitaciones y a agrandar nuestros orificios nasales para que entrase más olor, y sin duda olía a quemado. Miro hacia arriba y veo que en la pequeña ventana del techo empieza a caer ceniza. Vale, esto ya era alarmante. Busco en Internet y leo que hay varios incendios activos muy cerca de donde estamos quedándonos. Y es que olía como si estuviese pegado a nosotras. Así que bajamos corriendo a avisar al recepcionista portugués y nos dijo con mucha parsimonia: “ah si… hay varios incendios cerca, aquí es normal”. ¿Normal? No sé si nos dejó más impactadas el olor a chamusquina o su respuesta. Ningún portugués parecía estar alarmado, lo describían como algo ‘normal’. Así que subimos a nuestra habitación, sin pegar mucho ojo, con ese olorcito a chamusquina y esperando poder salir de allí corriendo a la mañana siguiente.

Y así fue, nos despertamos. Nos duchamos y preparamos todo para irnos lo antes posible. Me asomé a la ventana del baño nuevamente sacando el brazo y el aire estaba super caliente. Seguían cayendo más cenizas, y olía aún más a quemado. Pero nadie parecía preocupado. Nos fuimos hacia la estación de tren, con la nariz y la boca tapadas. El aire parecía super tóxico y era irrespirable. Me tapé toda la cara hasta llegar al tren. La gente por la calle me miraba con cierto temor como si pudiese ser una terrorista o algo así, pero deberían tenerle miedo al incendio, no a mi por taparme. Todos caminaban como si nada, ignorando completamente el hecho de que el cielo estaba gris por la nube de humo y cenizas. Me sorprendió mucho que los portugueses se lo tomasen así.


Y por fin, llegó el tren, y nos alejamos de aquella nube tóxica. Con una sensación agridulce, por un lado felices de haber descubierto y disfrutado de esa pequeña ciudad maravillosa, y por otro lado tristes por ver que al irnos quedaba destruida parte de su zona natural y que a nadie parecía importarle. Y ya quedaba a lo lejos esa nube, y el cielo volvía a ser azul, y volvíamos a respirar.
