Vigésimo destino…Oporto!*

Tras huir del incendio de Aveiro, nos dirigimos más hacia el norte, llegando el 6 de Septiembre a la Estación de San Bento, en Oporto. La estación era preciosa, con azulejos que cuentan la historia de Portugal.

En Oporto, me porto bien (jaja)

Desde aquí buscamos la manera de llegar al hostal para descansar un poco, y encontramos un restaurante italiano en los alrededores del que nos hicimos clientes frecuentes. Lo regentaba una familia italiana muy simpática y la comida estaba para chuparse los dedos. Acabábamos de viajar a Italia, así que ya no nos valía cualquier pasta, y esta aprobó con nota.

Nuestra foto tradicional al llegar a un destino nuevo

Ya con la barriguita llena, cogimos el metro hacia la zona centro. Pasamos por la Iglesia de los Clérigos, la Plaza de la Libertad, la ‘Casa da Sorte’, la Iglesia de San Ildefonso, el Teatro Nacional, y la Librería Lello. Esta última fue la librería que inspiró a J.K Rowling para su saga de Harry Potter. Y no me extraña, porque su interior inspiraría a cualquiera. Aunque solo la vimos desde fuera asomándonos, porque había que pagar por entrar y las colas eran interminables.

Iglesia de San Ildefonso
Los portugueses también juegan mucho a la Lotería
Plaza de la Libertad

Y así poco a poco, fuimos recorriendo Oporto a pie, con sus calles típicas portuguesas de grandes cuestas y grandes bajadas que fortalecen piernas y glúteos. Justo antes de asomarnos al Duero, nos perdimos entre unas callejuelas de un barrio muy tranquilo y auténtico portugués de cuyo nombre si quiero acordarme, pero no recuerdo. Allí una señora desde su casa, nos ofreció comprarle algo para refrescarnos. Y nos dejó acariciar a sus gatas, que andaban a sus anchas, siendo las dueñas de aquellas calles empedradas.

Callejuelas antes de llegar al Duero
Soy mano amiga, miau

Ya se atisbaba desde allí el Puente Don Luis I, un puente de acero que une Oporto con Vila Nova de Gaia. Había muchísima vida en esta zona. De repente nos encontramos con muchos turistas, música sonando en cada rincón, y mucho movimiento. Sobre nuestras cabezas pasaba el teleférico de Gaia. En la calle nos cruzábamos con cientos de personas de diferentes nacionalidades, todos sonrientes y colorados (en parte por el calor, y en parte por el vino, estoy segura). Delante nuestra el río Duero con sus rabelos (barcos utilizados tradicionalmente para transportar las barricas de vino de Oporto), y otras embarcaciones navegando sobre él. Era como todo un espectáculo, una no sabía para donde mirar.

Teleférico de Gaia
Puente Don Luis I y animada zona de Ribeira

Y entre tanto estímulo visual y acústico, buscábamos las casas pintorescas de ‘Cais de Ribeira’ que es una de las estampas más bonitas de esta ciudad. Pero no las encontrábamos. Mirábamos para los lados, hacia arriba, volvíamos a buscar con el GPS que nos indicaba que ya habíamos llegado, pero nada, seguíamos sin verlo. Así que me acerqué a una oficina de información turística y pregunté. El chico se echó a reír y me señaló justo hacia atrás diciéndome: “ya estás en Cais de Ribeira”. Claro, aquí comprendí aquel refrán de ‘que los árboles no te dejan ver el bosque’ o ‘si llega a ser un perro me muerde’. Y es que sí, estábamos tan metidas en ‘Cais de Ribeira’ que no la veíamos. Así que cruzamos el famoso puente y ahora sí, desde el otro lado del río se veía perfectamente la postal.

Cruzando al otro lado del río
‘Cais de Ribeira’

Nos sentamos en la orilla del río. La imagen desde aquí era alucinante. Y durante el atardecer lo era aún más. Pasamos horas allí sentadas. Debatiendo, reflexionando, impresionadas con el espectáculo que ofrece la naturaleza y como sus luces jugaban con las lentes de la cámara. Y para cerrar la tarde, un vino, que aquí no podía faltar.

Impresionante atardecer en Oporto
El vino aquí no podía faltar

Al día siguiente, cogimos un tranvía de esos amarillos típicos para ir hasta la zona costera de Foz. El horario del tranvía estaba de decoración, porque realmente llegaba cuando quería. Cosa que nos hizo mucha gracia a nosotras, pero no le hizo ninguna gracia a dos alemanas que esperaban también. Miraban constantemente su reloj a la vez que miraban el horario incrédulas. Era muy curioso lo del tranvía, porque el mismo que iba, al venir de vuelta, el chófer se bajaba y cambiaba manualmente su tranvía de cable para que fuese en la otra dirección y cambiaba manualmente también el cartel que aparecía con el destino. Ahora entendí porqué tardaba tanto, porque es todo artesanal, aquí las cosas tienen otro ritmo y me gusta que sea así.

Tranvía típico de Portugal

Por fin llegamos a Foz, duró más el tiempo de espera que el recorrido, y además fue bastante caro subirnos, pero es que queríamos probar al menos una vez uno de estos tranvías en Oporto. Iba tan lleno, que varias niñas iban por fuera agarradas y cuando pasábamos por una vía estrecha se bajaban para volverse a subir, como si fuese un monopatín. Y todos los demás íbamos de pie, dentro, apretaditos y muy cariñosos con el chófer, ya que todos compartíamos el mismo espacio. En cuanto a Foz, no tenía nada demasiado especial, pero comimos pescado en un restaurante con vistas a donde el Río Duero se junta con el Océano Atlántico, y eso fue bastante relajante.

Vistas desde el restaurante en Foz
Lugar donde el Duero desemboca en el Océano Atlántico

A la vuelta si fuimos caminando, porque no teníamos prisa, y no nos quedaron más ganas de tranvía. Y como hacía bastante calor, paramos en una cafetería-mirador a tomarnos algo. Frente a nosotras teníamos el Puente de Arrábida, un puente de arco de hormigón armado, que en su año de construcción (1963), era el mayor del mundo.

Puente de Arrábida

Mientras mirábamos relajadas el puente y el río, nos pareció ver puntitos en movimiento en el arco del puente. Y extrañadas intentamos averiguar qué era eso. ¿Personas? Y si lo fuesen, ¿qué hacían allí? No parecía que estuviese en construcción y era demasiado alto como para subirse andando. Así que, nos acercamos hasta el puente y descubrimos que había una actividad turística que consistía en subir el arco del puente a pie, obviamente agarrada por un arnés y cuerdas. Mi parte aventurera se moría por hacerlo, y mi parte abuelita sentía vértigo de solo pensarlo. Me lo quería pensar, así que nos sentamos un rato mirando como un grupo que ya lo tenía reservado lo hacía, y mientras me decidí y fui a reservarlo para la siguiente salida que era como una hora después.

Zona de espera

Estaba un poco nerviosa mientras esperaba, porque nunca es lo mismo verlo desde abajo que mientras vas subiendo. El punto más alto del puente está a 70 metros sobre el nivel del río, y a ambos lados agua y el horizonte. Pero ya estaba decidido, y cada vez tenía más ganas de hacerlo. Me colocaron el arnés, me explicaron las normas y empezamos a subir todo el grupo. La sensación era como dice mi admirado Jesús Calleja de ‘sustigusti’, y es de las mejores sensaciones que conozco. Cuando se junta esa sensación de tu parte instintiva diciéndote que te alejes del “peligro”, pero a la vez sientes un chute de adrenalina y felicidad por enfrentarte a un miedo y lograr el reto.

Arnés colocado y mirando hacia el objetivo
Con ganas de empezar a subir

Subíamos en fila india, con nuestro arnés anclado a una cuerda de vida. Primero subíamos escaleras, y luego según ganábamos altura, llegábamos a la parte lisa donde ya no había escaleras y el arco empezaba a estar más arqueado. Miré hacia abajo en ese punto y me di cuenta de lo alto que estábamos ya, las piernas me temblaron un poco. Pero tras unos instantes ya estábamos en la cima de la estructura de hormigón, con 70 metros de aire entre nosotros y el Río Duero. Si pensaba en donde estaba me daba sensación de cosquilleo, pero si no pensaba y solo disfrutaba del paisaje me parecía impresionante. Además, llegamos en la mejor hora del día, al atardecer. Frente a nosotras teníamos el río y a lo lejos su desembocadura en el Océano Atlántico. Un crucero que pasaba por debajo nuestra y que desde esta altura parecía de juguete. Aviones que cruzaban el cielo. Y al otro lado, si nos girábamos, veíamos la preciosa zona de ‘Cais de Ribeira’, en donde estuvimos ayer, pero esta vez desde lo alto; y los preciosos tonos de los que se pintaba el cielo durante el atardecer.

Subiendo en fila india y anclados a la cuerda
Sentada a lo alto

Allí estaba, a lo alto, flipando y sonriendo, hablando con las otras extranjeras sobre lo impresionante del paisaje y de la sensación que daba estar allí arriba. Encima de nuestras cabezas se oía el estruendo de los coches al pasar. El guía nos contaba la historia de este puente, y lo que más me impresionó saber, fue que durante los primeros años tras su construcción, los niños de barrios pobres, subían andando el arco del puente (sin protección), y se tiraban con cartones deslizándose hasta el otro lado, como manera rápida de atravesar el río en busca de alimento o como simple diversión o muestra de atrevimiento. Como podrán suponer muchos perdieron la vida en ese intento. A causa de ello se cerró el acceso al puente hasta hace pocos años, cuando lo abrieron para subir como atracción, de forma segura. Y mientras disfrutábamos del atardecer, brindamos con un chupito de vino tinto de Oporto en un vasito comestible de chocolate. ¡Mejor imposible!

¡Reto conseguido!
Cara de ‘sustigusti’ jaja
Chupito de vino de Oporto en vaso de chocolate, con las mejores vistas

Y así terminó nuestra estancia en Oporto, una ciudad romántica, pintoresca, con una historia que impregna. La ciudad de los atardeceres mágicos.

Oh…Porto! ❤

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