Era principios de Noviembre y mi amiga Isa me había venido a visitar a Madrid. Así que aprovechamos y nos pegamos una escapada a Cuenca. Era nuestro primer viaje de amigas juntas y nos hacía mucha ilusión.

El 5 de Noviembre por la mañana cogimos el tren lento de Renfe, y después de unas tres horas llegamos a Cuenca. Allí desayunamos otra vez y nos fuimos guiando por los carteles y preguntando a los conquenses para llegar a la zona más interesante para visitar.

Lo primero que nos llamó la atención de Cuenca fueron tres cosas. Hacía un frío impresionante, algo así como el doble del frío que ya traíamos de Madrid. Íbamos bastante abrigadas y aún parecía que el aire frío nos cortaba la piel. Otra de las cosas que nos sorprendió fue que los alquileres allí estaban tirados de precio, por casualidad miramos en un escaparate de una inmobiliaria y era baratísimo – normal también porque más que una ciudad parece un pueblito. Y lo otro que nos sorprendió fue la amabilidad de sus gentes. A toda persona que preguntabas algo se paraban, te sonreían, te intentaban ayudar y hasta te daban conversación. Es cierto que siendo canaria debería estar acostumbrada, pero viniendo estos meses atrás de la gran urbe de Madrid y de varias capitales un tanto soberbias de Europa; sentir ese halo de amabilidad, pausa y simpatía me supo a gloria.

Cuando empezamos a andar nos encontramos con la Diputación Provincial de Cuenca y el jardín que lo rodeaba, muy bonito con la estampa otoñal de las hojas caídas.

Seguimos andando y llegamos al Río Huécar. Una preciosa combinación: el río corriendo con ese sonido del agua, las casas antiguas y los árboles frondosos al otro lado. Subimos la cuesta hasta el Parador de Turismo, desde donde habían unas vistas muy bonitas. Y luego bajando un poco teníamos ante nosotras el Puente de San Pablo.

-¡Mira, las Casas Colgadas! – dijimos, emocionadas por tenerlas por fin delante. Las casas colgadas, que no colgantes como muchos dicen. Son una pasada, mires desde donde las mires. Desde lejos impresionan al verlas tan acopladas con el paisaje y las piedras; y desde abajo impacta ver que de hecho sobresale su estructura de la piedra. Es decir, están en parte ‘colgadas’, de ahí su nombre.


Después seguimos caminando un poco más hacia arriba a una zona de bosque, donde nos pusimos a hacer las tontas con las hojas otoñales y boberías varias. Nos reímos mucho con nuestras ocurrencias, y reír venía bien para entrar un poco en calor porque estábamos congeladas.

Cruzamos el Puente de San Pablo y fuimos hasta el Mirador Barrio del Castillo. Las vistas eran impresionantes. De esas que te piden a gritos que le saques fotos.

Ya apretaba el hambre, así que fuimos a comer a un mesón de comida casera. Ya saben que una de mis máximas al viajar es probar la gastronomía típica del lugar. Así que le pregunté por los platos típicos de Cuenca, y básicamente tenía que elegir entre tripas o un paté de hígado con variadas carnes de caza. Ninguna de las dos opciones me entusiasmaba, pero quería probar algo típico. Así que me pedí la segunda opción: Morteruelo. El nombre ya debería haberme indicado algo, que cosa más asquerosa; con perdón a los conquenses. Es solo mi opinión personal, y se notaba que estaba muy bien elaborado y que lo habían hecho con mucho cariño. Pero ese sabor tan fuerte, a tantas carnes mezcladas,y la textura y aspecto…no son lo mío. Raro en mi, dejé la mitad del plato, y la otra mitad me la comí por no tirarlo y por respeto a ellos, pero enseguida me intenté quitar el sabor de la boca. Para mi era incomible, me recordó a cuando lo pasaba mal en el colegio comiendo algo que no me gustaba, pero encima esta vez yo pedí y pagué el plato.

Después de ese pequeño y pasajero mal sabor de boca, seguimos paseando alrededor de la Catedral de Cuenca y sus acogedoras calles. Casi todos los pequeños comercios estaban cerrados. Había poca vida la verdad, parecía un pueblo. De hecho, queríamos ir a la Ciudad Encantada, pero en una tienda de souvenirs que también hacía de centro de excursiones, nos dijeron que esa excursión era solo una vez en semana. No tenía mucho sentido, pero vale, nos quedamos sin ir. Por supuesto, en esa tienda compramos algunos recuerdos, porque esta ciudad da mucho juego para ello.

¿Sabían que la expresión “te voy a poner mirando pa’ Cuenca” tiene un origen mucho más interesante de lo que se puedan imaginar? Se barajan dos posibles teorías.
La más extendida y documentada tendría un origen castizo-madrileño y hace referencia a la postura que adoptan los musulmanes al rezar, que siempre es mirando hacia La Meca. De la expresión “te voy a poner mirando hacia La Meca” refiriéndose a una postura sexual, se modificó posteriormente en España, ya que si trazamos una línea recta desde Madrid hasta esa ciudad islámica, Cuenca sería la primera ciudad importante que la atraviesa.
Otra teoría menos fundamentada, apunta a que el dicho proviene de las andanzas infieles del Rey Felipe I que construyó un observatorio astronómico en Toledo para poder ver desde allí todas las ciudades de su reino; pero no tardó mucho en darle otro uso y para que su mujer, Juana I no le pillase con sus amantes, las subía al observatorio diciendo que las iba a poner mirando para Cuenca. Los guardias del rey, que conocían esta expresión del monarca, la empezaron a utilizar en forma de clave, en los burdeles a los que acudían y así se extendió su uso por todo el país.

Tras este interesante apunte de cultura general, continúo la historia contando que tras recorrer toda la ciudad, nos fuimos de nuevo a la estación a coger el tren de vuelta a Madrid. Otras tres horas de lento camino, y como estábamos calentitas con la calefacción del tren y agotadas de tantas horas andando, nos quedamos dormidas. Pero dormidas nivel: se pasó nuestra estación, el tren llegó a la cochera, apagaron todas las luces, se bajaron todos incluidos los de Renfe, y seguíamos durmiendo.

Mi amiga Isa se despertó y me despertó de un susto. -Tía, ¿dónde estamos y por qué no hay nadie y está todo oscuro? Abro los ojos de repente, asombrada con el panorama y durante unos segundos no sé ni donde estoy. Vale, lo último que recuerdo es que íbamos en un tren de Cuenca a Madrid. Pero…¿por qué ya no hay más pasajeros? Y, sobre todo…¿por qué no hay empleados de Renfe y están las luces apagadas? Y, aún más importante…¿dónde estamos y cuánto tiempo ha pasado? Parecía que nos habíamos transportado en el tiempo y el espacio. No entendíamos nada. Intenté mantener la calma porque veía que mi amiga estaba asustada, pero lo cierto es que a pesar de mi amplia experiencia cogiendo trenes…esto era nuevo para mi. En medio de la oscuridad, vino hacia nosotras un hombre vestido de azul marino, era el técnico del tren, y nos dijo que qué hacíamos allí todavía, que el tren ya se había vaciado y estábamos fuera de cualquier estación. Le dije que nos habíamos quedado dormidas, y tuvo que encender el tren para abrirnos la puerta y salir por un descampado. En ese momento, fue un poco angustiosa la situación, pero ahora cada vez que lo recordamos nos partimos de risa.

Y así, con esta anécdota tan rocambolesca, llegamos de nuevo a Madrid, tras haber descubierto esta interesante ciudad; y sabedoras ahora, del supuesto origen de la famosa expresión de “te voy a poner mirando pa’ Cuenca”.
