Corría el mes de enero del nuevo año 2020. Era 5 de enero, Víspera de Reyes. Y decidimos hacer una escapada de un día a Segovia como autoregalo.

Nos subimos a la guagua y tras hora y media aproximadamente de trayecto, llegamos a la ciudad de Segovia. Como era de esperar en Tierras de Castilla y siendo enero, el frío era alucinante. Llevábamos varias capas de ropa, guantes, gorro de lana, bufanda, etc, y aún así teníamos frío.

Paseamos por sus calles, torres y murallas. Nos gustó mucho que tuviese un legado histórico tan bien conservado. Parecía que nos habíamos transportado a otra época, como en Toledo.

Vimos la Casa de los Picos, el Arco de la Claustra, la Puerta de San Cebrián, la Puerta de San Andrés, la Catedral y el impresionante Alcázar; que parece un castillo sacado de un cuento medieval.

Nos encantó el Barrio de Judería, con esos edificios y callejones tan místicos. Además, nos llamó la atención unas placas de bronce ubicadas en el suelo que vimos en varias ocasiones con una simbología característica. Al principio no sabíamos de qué se trataba, pero aprendimos que estas placas delimitan la zona de Judería e indican al visitante lugares destacados del antiguo barrio hebreo.


En la Plaza Mayor de Segovia, con vistas a la Catedral, estaban ya todos los preparativos de la mini Cabalgata de Reyes. Así que la estampa que nos encontramos fue diferente a la que hubiésemos visto en un día cualquiera. Había carrozas, purpurina, e incluso después vimos a los Reyes Magos.


Para almorzar, como tenemos por costumbre, siempre queremos probar los platos más típicos del lugar. El caso es que el plato típico de Segovia es el cochinillo asado. El cual suelen servir entero y partirlo por la mitad con un plato, ya que su horneado lo deja crujiente. Pero había un problema, y es que soy incapaz de comerme un animal si le veo en su forma entera. Sé que sonará hipócrita, porque lo han matado igualmente, te comas una porción o el animalito entero. Pero visual y psicológicamente si le veo la diferencia. Así que, pedimos solo una porción para probarlo. Y la verdad es que estaba rico. Pero eso de ver como en todos los escaparates lucían orgullosos cochinillos enteros de esa forma tan explícita, nos producía rechazo y pena. Y eso que soy omnívora (como digo yo jaja), pero eso no quita que tenga un alto grado de sensibilidad con los animales. Desde luego, si una animalista y/o vegana pasea por estos restaurantes y tiendas, le daría algo.

Y dejo lo mejor para el final, porque aunque suene a tópico, lo que más me enamoró de esta ciudad fue su acueducto. Hacía mucho tiempo que quería verlo en persona, y la verdad que era impresionante miraras desde donde lo miraras. Quisimos verlo desde todos sus ángulos. De lejos desde la Plaza de Azoguejo. Desde abajo mismo de los arcos, mirando hacia arriba. Desde cada uno de los laterales. Desde lo alto en el mirador desde donde podías tocar sus muros. Cruzando enfrente desde la Loba Capitalina; o desde el ‘Diablillo del Acueducto’. Era impresionante siempre. Esas sombras que forman sus arcos y columnas; esa silueta vista a contraluz; esa altura imponente; esas piedras colocadas en armonía sin argamasa entre ellas y que aún así se mantienen en pie desde principios del Siglo II d.C. Una auténtica joya que sobrecoge a cualquiera que lo tenga delante.



Lo cierto es, que nos hubiésemos quedado más tiempo admirando aquella belleza. De hecho, nuestra vuelta en guagua estaba reservada para más tarde. Pero si algo he aprendido, es que viajar en épocas de tanto frío es una faena; porque quieres recorrerlo todo pero al mismo tiempo es insoportable estar en la calle cuando cae el sol. Así que, adelantamos la vuelta para huir de ese frío que se te cuela en los huesos. Y, sin planearlo, llegamos justo a tiempo a Madrid para ver la famosa Cabalgata, y cerrar así una Víspera de Reyes diferente.
