Llevaba tiempo sin ver a mi tía, la que vivía en Málaga. Así que aprovechando que en ese momento mi hermana estaba en Madrid conmigo, decidimos hacerle una visita. Y así, el siete de marzo, al salir yo del trabajo, me vinieron a recoger en el coche de alquiler Yesi y mi hermana, y nos fuimos con las maletas ya hechas, rumbo a Antequera.

Nos quedaba por delante un largo camino, ya que estábamos a cinco horas en coche de allí. Pero teníamos mucha ilusión por llegar; además los preciosos paisajes y la buena compañía hacían el viaje más ameno. Era curioso ver como iban cambiando los paisajes, al pasar de Madrid a Castilla- La Mancha, y luego entrar en Andalucía. Pasando de molinos a campos de olivos.

Como el camino era tan largo, tuvimos que hacer varias paradas. En gasolineras para estirar las piernas, y en algún bar para comer algo. La parada más divertida fue en un lugar de La Mancha de cuyo nombre si quiero acordarme, pero no recuerdo. El caso es que en la colina de esa carretera había varios molinos, sí, como los de Don Quijote. De esos que confundía con gigantes. Me encantan los molinos, y ver tantos así seguidos, me fascinaba. Así que nos paramos aquí a picotear algo en el coche y estirar las piernas…y tanto que las estiramos, que acabamos corriendo y saltando con los molinos de fondo, para grabar un vídeo de felicitación a mi padre, ya que era su cumple.

Por fin, llegamos a Antequera bien entrada la tarde, y aparcamos en una calle super empinada. Porque allí todo era colina arriba, colina abajo. Pero que pueblo más bonito; chiquitito pero ‘mu apañao’. Con sus casas blancas, el pasado árabe que esconden sus muros y calles; y ese olor a Andalucía. De hecho, lo del olor es en parte metafórico y en parte literal, porque olía fuerte. Pero también olía a la alegría de su gente y a lo bien que se come allí.

Mi tía nos recibió con mucho entusiasmo, y sus perritas también. Entramos en su casita de pueblo. Cenamos y nos pusimos al día hasta que se hizo de noche. La verdad es que llegamos muy cansadas del viaje, pero la visita era corta y queríamos aprovecharlo al máximo.

Así que, para no perder costumbre, salimos a bailar como siempre que nos encontramos; pero esta vez en Antequera. ¿Habrá sitios para salir a bailar aquí?-preguntamos las foráneas. Pero sí, había concretamente tres sitios pequeñitos pero muy animados, y entramos a uno de ellos para empezar.

Pensábamos hacer la ruta de Antequera por todos los pubs durante la noche, pero al final nos gustó tanto ese, que no nos movimos de allí. Pusieron mucha música andaluza, canciones modernas también pero con fusión flamenca, que para nosotras era algo totalmente nuevo al salir de marcha. Y nos poseyó el espíritu andaluz o algo, porque empezamos a bailar con palmas, girando las muñecas, zapateando y dando giros; oyendo el ‘ole’ siempre de fondo. La gente de allí nos preguntaban de donde éramos porque decían que se nos daba bien bailar así. Nos reímos mucho y bailamos aún más. Y menos mal que salimos…porque sin saberlo en aquel momento aún, esa iba a ser nuestra última fiesta en mucho mucho tiempo; ya que solo una semana después decretarían el Estado de Alarma en toda España. Así que, como se suele decir, y esta vez además literalmente, a pesar de lo que vino después podemos decir “que nos quiten lo bailao”.

A la mañana siguiente, desayunamos y salimos a aprovechar el día: domingo de ‘turisteo’. Mi tía nos enseñó Antequera. Paseamos por La Alcazaba, el arroyo, La Real Colegiata de Santa María la Mayor, El Arco de los Gigantes – desde el que se ve las preciosas vistas al pueblo blanco de Antequera y a la Peña de los Enamorados. Esta Peña también es conocida como ‘El Indio’, ya que su monte recuerda a la cara de un indio boca arriba, lo cual da mucho pie a sacarse fotos divertidas.


Pero, sin duda, uno de los lugares más impresionantes fue el Paraje Natural de El Torcal, a pocos kilómetros de donde estábamos. Ya el camino en coche para llegar hasta allí era precioso. Sus prados verdes nos recordaban a Suiza.

Y al llegar ya al Torcal y pasear por allí, alucinamos con el paisaje kárstico, con sus rocas calizas con formas caprichosas que se han ido formado mediante la erosión durante millones de años. Parece como si las rocas estuviesen colocadas en perfecto equilibrio. Y el tamaño del conjunto sobrecoge mientras caminas a través de ellas. Desde el mirador se veía a lo lejos Sierra Nevada, haciendo honor a su nombre, pues estaba nevada. Antes de irnos de este precioso paraje, nos sentamos a tomar algo y probamos las famosas tortas de algarrobo.

Después, ya en el pueblo de Antequera nuevamente, empezaba a anochecer y era hora de despedirnos de mi tía para emprender de nuevo el largo camino de vuelta hacia Madrid. Esta vez de camino paramos en Linares (Jaén), para saludar a nuestro primo que tenemos estudiando allí. Nos alegró mucho poder verle, pero teníamos que seguir el viaje porque ya era muy tarde.

La verdad es que fue una visita express, en la que casi duró más el trayecto de ida y vuelta en coche que lo que estuvimos allí. Sin embargo, nos alegró mucho el viaje. Primero, porque pudimos pasar unos días con nuestra tía y ver a nuestro primo. Además, descubrimos un pueblo precioso que ni sabíamos que existía. Y, sin saberlo, nos pegamos la última fiesta ‘pre-pandemia’. Así que, como dice el dicho “salga el sol por Antequera, y póngase por donde quiera”.
