Y así, el 11 de Septiembre de 2019 termina el viaje más largo que he hecho en mi vida. Mi ‘Grand Tour’ particular por el continente europeo. Eso sí, añadiendo nuevos destinos a la ruta originaria y al más puro estilo mochilero. El ‘Gran Tour’ original fue un viaje que hacían los jóvenes aristócratas británicos del siglo XVIII, alrededor de Europa, para completar su educación, antes de comenzar la ‘vida adulta’. Se considera el inicio del turismo tal y como lo conocemos hoy. De hecho, en la carrera no paraban de nombrarlo como antecesor de este.

La verdad es que desde pequeña soñaba con hacer algún gran viaje itinerante en algún momento de mi vida, cuando fuese ‘más mayor’. Me podía pasar horas buscando fotos de diferentes destinos, mirando videos, eligiendo qué preferiría conocer. Siendo tan pequeña no podía hacerlo por motivos evidente, era menor de edad y viajar sola no se puede. Después, estaba estudiando y concentrada en la carrera. Y más tarde, cuando por fin acabé, tenía tiempo pero no dinero. Comencé a trabajar en diferentes lugares y a reunir para algún día cumplir ese sueño. En mi último trabajo allí, me dieron una alfombrilla para el ratón con una frase impresa que ponía: “Hasta el viaje más largo comienza con el primer paso”. ¡Es una señal! – pensé. Cada día, leerlo me recordaba que todavía tenía ese sueño por cumplir, y que algún día tenía que dar ese primer paso; solo dependía de mi.

Y aunque mi trabajo me gustaba, decidí hacer lo que mucha gente no haría por continuar en su zona de confort. Dejé todo lo conocido atrás, hice las maletas y me fui para vivir esa aventura que me debía a mi misma desde hace mucho. ¿Vértigo? Claro, siempre da vértigo. Y eso que no soy fan de la comodidad, pero ¿quién no se siente a gusto en su zona de confort? La misma palabra lo dice: ‘confort’. ¿A quién no le tiembla aunque sea un poco el pulso si piensa en comenzar de cero para ir hacia lo incierto?

Pero las ganas pudieron más que el miedo. Esa cabezonería mía de creer que hemos venido al mundo para ser felices y vivir aquello que nos llena el alma. Que el dinero es necesario en este sistema que vivimos; pero por si mismo no da la felicidad, acumulado en una cuenta bancaria o en bienes que no tienes tiempo de disfrutar. Que cuando seamos viejitxs no recordaremos todos los días que pasamos trabajando sino todas las veces que vivimos cosas que nos dejaron sin aliento. Y viajar es una de ellas. La magia de ver un lugar por primera vez, y saber que ese momento es único e irrepetible. Sentirte como un bebé cuando se emociona hasta por ver una cuchara porque es algo nuevo. Y da igual la edad que tengas, cada vez que llegas a un lugar nuevo sentirás esa sensación. Son imágenes que además de en las fotos, se te graban en la retina, y al igual que una canción, nunca podrás borrar de tu memoria, porque van de la mano con las emociones.

Viajar itinerante es sentirte nómada, como nuestros antepasados. Es estar en el presente, aquí y ahora, poniendo en práctica las enseñanzas budistas sin darte ni cuenta. Porque sabes que todo es efímero, que solo estarás en ese lugar unos días y quieres saborear cada momento y fijarte en cada detalle.

Además, un viaje siempre dura mucho más de lo que dura realmente. Desde que nace la idea, hasta que empiezas a trazar la ruta y reservar meses antes. Pasando por el viaje en si mismo. Y cuando vuelves, el viaje sigue vivo porque cada foto te transporta de nuevo a ese lugar y al momento que viviste allí.

Nuestro viaje itinerante duró 45 días. Visitamos 23 ciudades de 13 países. Todo el recorrido fue por tierra, ya fuese en tren, guagua, metro, tranvía, bicicleta o caminando. Los kilómetros recorridos tanto de ciudad a ciudad como lo que hicimos caminando fueron incontables. Nuestra jornada comenzaba desde bien temprano, ya que tras desayunar comenzábamos a andar hasta que regresábamos al hostal de noche. Así durante 45 días. Tuvimos nuestras dudas al principio sobre si íbamos a ser capaces de aguantar tanto trote. Pero es cierto ese refrán que dice que “sarna con gusto, no pica”. Y es que, la ilusión superaba al cansancio. Las ganas de verlo todo, de descubrir nuevos lugares cada día. Viajar es adictivo, porque a pesar de lo largo que fue, se nos hizo corto.


Nuestra idea del viaje era ser viajeras y no turistas. La diferencia en pocas palabras es básicamente que el viaje no pasa por ti, sino que tu pasas por el viaje. Es decir, viajar desde la humildad y el respeto. Probar la gastronomía en restaurantes familiares que no sean tan turísticos. Interesarte en conocer la cultura de cada lugar. Intentar hablar el idioma, aunque sea chapurreando algunas frases para que te entiendan los locales. Perderte por rutas no trazadas, para explorar más allá de donde la gente pisa y huir del rebaño. Conocer lugares naturales y practicar actividades al aire libre. Saber donde has estado e irte de allí conociendo la esencia de ese lugar. Eso para mi, es viajar.

Viajar te hace más humilde, al ver que solo somos una minúscula hormiguita en este planeta. Te aporta nuevas enseñanzas. Y no solo del lugar sino de ti misma, cuando piensas que eres una persona super abierta y tolerante pero te das cuenta que hay algunas actitudes que te chocan demasiado y no toleras tan bien. Que son distintas costumbres y formas de vivir y ver la vida, pero que nadie tiene la verdad absoluta. Que nadie es mejor que nadie, solo somos diferentes, y el respeto debería ser universal. Que todos somos seres humanos, y en el fondo tenemos las mismas necesidades. Da igual si eres alemana, croata, portuguesa, inglesa, eslovaca, eslovena, suiza, polaca, francesa o italiana. Todas las personas sonríen, todas se enfadan…aunque sonrían y se enfaden por motivos diferentes.

Durante nuestro viaje si que seguimos algunos rituales, no por superstición sino por marcarnos alguna rutina dentro de tanto cambio constante. Nuestras dos rutinas divertidas eran sacarnos fotos con una alcantarilla de la ciudad al llegar a ella; y comprar rascas de lotería en cada país al que fuésemos – y probar suerte a ver si eso nos pagaba parte del viaje – (jaja).



Como reflexión final, debo decir que noto que no soy la misma que empezó este viaje. Algo así, te cambia. Te abre la mente en muchos sentidos. En formas que puedes aplicar, ya no solo a viajar, sino a la vida en general. Que la vida es un viaje de duración indeterminada y de giros inesperados, y que viajar ligero es mejor. Dejar atrás el pasado, centrarte en el momento presente, no agobiarte demasiado por el futuro. Que una maleta ligera pesa menos. Porque casi siempre, menos es más. Porque no necesitamos poseer muchas cosas, sino vivir muchas cosas. Y las vivencias no se almacenan en ninguna maleta; no pesan. Que muchas de las cosas que tenemos, ni siquiera las necesitamos, y si prescindiéramos de ellas no pasaría nada. Que no hay que aferrarse a nadie ni nada, porque la vida es una continua sucesión de bienvenidas y despedidas; y lo único constante es el cambio. Que seguiremos teniendo capacidad de asombro aunque tengamos cien años vividos y creamos haberlo visto todo. Cuando te das cuenta de todo esto, la vida te parece más sencilla.

Me siento agradecida por haber vivido este gran viaje en el que casi todo salió bien. Agradecida por haberme atrevido a dar ese primer paso. Porque como decía Walt Disney: “si puedes soñarlo, puedes lograrlo”; y así fue. Me encanta soñar, pero para mi, una de las frases más satisfactorias que se puede pronunciar es: “¡lo hice!”. Y sí, este viaje ya lo hice.

Gracias a la vida por permitirlo. Y gracias a ti, Yesi, por acompañarme en esta aventura.


Namaste.
