Y así llegamos el último día de Agosto a la última ciudad del viaje Interrail originario; Montpellier. Ubicada al sur de Francia, a 10km hacia el interior desde la costa del Mar Mediterráneo.

Llegamos sobre el mediodía a la Estación Montpellier Saint Roch. Nuestro hotel estaba bastante cerca. Sí, han leído bien, hotel, que no hostal. Era la primera vez en todo el largo viaje que dormíamos en una habitación solo para nosotras y con baño propio. Nos otorgamos ese premio al final del viaje para poder descansar mejor. Era un hotel familiar muy sencillo y tranquilo.

Poco después, salimos a dar una vuelta por las empedradas calles de Montpellier y picoteamos algo en una cafetería vegana. Subimos hasta la ‘Place de la Comédie’, centro neurálgico de la ciudad y uno de los espacios peatonales más grandes de Europa. Esta animada plaza está coronada por la ‘Ópera Comédie’ y en el centro de la misma se encuentra una fuente-estatua de las Tres Gracias.

Nos enamoramos de los tranvías que cruzaban la plaza. Cada uno estaba pintado de una forma muy original y divertida. Mi favorito era el tranvía de color azul cielo con golondrinas negras “volando” sobre él, símbolo de libertad y primavera.

Al fondo de la plaza estaba la Oficina de Turismo a la que fuimos para coger un mapa e informarnos de los lugares de interés para visitar. Mientras estábamos allí, vimos por la cristalera un trenecito turístico llegar; y aunque nos consideramos viajeras y no turistas, ya el cansancio acumulado se notaba en las piernas de tantos kilómetros andados, y, además solo íbamos a pasar un día en esta preciosa ciudad. Así que nos invadió el espíritu ‘guiri’ y corrimos para subirnos al trenecito de Montpellier.

El trenecito nos llevó a través del Arco del Triunfo o ‘Porte du Peyrou’ -atravesándolo-, la Catedral de San Pedro, la Iglesia de Saint Roch, el Acueducto de San Clemente, otros tantos edificios emblemáticos, y sus estrechas y románticas callejuelas medievales. Un paseo mágico, para poder llevarnos en el recuerdo un collage cultural de Montpellier.


Nos apetecía vivir la experiencia francesa total, así que por la tarde fuimos al ‘Cine Diagonal’ y vimos una película extravagante, pausada a la vez que alocada, divertida a la vez que profunda, muy propia del cine francés: ‘Perdrix’. La película estaba en francés (sin subtítulos obviamente, porque estábamos en Francia), así que no nos enteramos a penas de los diálogos pero aún así consiguió sobrecogernos a la vez que hacernos reír. Porque los sentimientos y el entendimiento sobrepasan las barreras idiomáticas.

Para cenar fuimos a un restaurante curioso, que lleva más de 50 años abierto en diferentes ciudades de Francia y no tiene carta porque disponen de un único menú que les ha funcionado con éxito durante todos estos años. Es de esos sitios que se llenan cada día sin necesidad de hacer publicidad. Su fachada negra y amarilla característica.
Y el menú único consta de: un entrante de ensalada con nueces (solo lechuga y nueces, sin presentación alguna); 170 gramos de entrecot de ternera finamente cortada en rodajas y traída a la mesa en una bandeja caliente para que se termine de cocinar, acompañada por su famosa salsa de composición secreta (pregunté por ella y me dijeron que si me desvelaban el secreto tendrían que matarme…preferí seguir con el misterio jaja); papas fritas caseras ilimitadas (pudiendo repetir tantas veces como quisieras o tu cuerpo te permita); pan para mojar la salsa; y un postre casero elaborado por sus propios pasteleros. Una misteriosa delicia, tan sencilla como exitosa. Y con un cuarto de baño muy peculiar también, en el que mientras hacías pis sonaba un hilo musical con sonidos de granja, tales como el mugido de una vaca o el cacareo de una gallina.

Y así, con la barriga llena y el corazón contento, y tras un pequeño paseo para bajar la comida, nos fuimos a dormir para mañana coger el tren que nos llevaría a Madrid…el lugar donde todo empezó.
