El 8 de Septiembre llegamos a Lisboa nuevamente, ya que fue nuestro “puerto base” durante la escapada a Portugal, aunque esta vez para pernoctar en ella.

Lo cierto es que para mi era una vieja conocida, ya que fue uno de los destinos que visité cuando hice mi primer gran viaje itinerante en 2011, con mi familia. Llegar allí de nuevo ocho años después, con esa luz que solo Lisboa tiene, con ese rollito bohemio entre lo tradicional y lo moderno; fue alucinante.

El hostal ubicado en el ‘Bairro Alto’, con sus grandes cuestas de calles empedradas, nos llamó mucho la atención porque era el primer hostal que veíamos con una litera triple. A quien le tocase dormir arriba del todo debía ser casi una escaladora y no tener vértigo.

Dejamos las cosas en el hostal, y salimos a dar un paseo por el ‘Bairro Alto’. Encontramos un restaurante familiar auténtico para almorzar. Una de las cosas que más me gusta de Lisboa es que es una ciudad llena de sorpresas. No es conocida especialmente por sus grandes monumentos, pero su magia está en caminar por sus calles e impregnarte de esa esencia tan especial que tiene.

Después de reposar la comida, andamos cuesta abajo hacia la famosa ‘Praça do comercio’, centro neurálgico de la ciudad. Esta plaza es alucinante. Por una de sus caras está abierta al río Tajo, y cuando te das la vuelta, te sorprende el imponente ‘Arco da Rua Augusta’, puerta de entrada a Lisboa. Vinimos aquí en busca de un reencuentro, ya que casualmente mi hermana estaba en Lisboa de vacaciones con su pareja, así que durante un día, fuimos cuatro en el viaje. La plaza es tan enorme que tardamos tiempo en encontrarnos, y es que es una de las más grandes de Europa. Otra vez las ‘Pinto-Sisters’ en esta plaza, ya mucho más creciditas. En cierto modo era como volver a casa, porque Lisboa ya nos resultaba familiar.

Aprovechamos el día visitando la Catedral de Sé; el pintoresco barrio de Alfama y su mirador; viajando en uno de los típicos tranvías lisboetas; y, paseando por la ‘Casa dos Bicos’. Después, nuestra intención era llegar a la zona de ‘Belém’, pero resulta que justo allí se estaba celebrando el ‘Rock in Río Lisboa’, con artistas como Ivete Sangalo, la reina de la música brasileña. Así que, como podrán imaginar nuestra visita turística a esa zona tuvo que esperar. Había cordones policiales; salía gente hasta de las alcantarillas como quien dice; había miles y miles de personas…de hecho, creo que fuimos las únicas de toda Lisboa que no sabíamos que se estaba celebrando este festival y nos pilló allí por sorpresa.



Así que, tras mucha dificultad, y “nadando” entre la gente y tanto alboroto, conseguimos salir de allí, y visitar por fuera el ‘Mosterio dos Jerónimos’. Visto que visitar la otra zona de Lisboa hoy iba a ser misión imposible, regresamos a donde estaban nuestros hostales y decidimos darnos un homenaje cenando en el ‘Hard Rock Café – Lisboa’. Fue divertido, había actuación en directo, que sumado al ambientazo que suele haber allí, lo convirtió en una noche muy ‘cool’.


A la mañana siguiente, mi hermana nos recogió en su coche para el segundo intento de visitar la zona de ‘Belém’. Esta vez si pudimos llegar hasta los pies de la ‘Torre de Belém’, aunque todavía conservaba el aspecto resacado de la noche anterior. El escenario seguía montado alrededor, y toda la preciosa basura en el suelo que dejan los seres humanos cuando pasan por un lugar (nótese la ironía). Quitando ese pequeño detalle, la ‘Torre de Belém’ seguía tan preciosa como la recordaba, bañada por el Río Tajo. Tampoco podía faltar comer los famosos ‘Pastéis de Belém’, todo un clásico.

Caminando un poco más hacia el río, vimos el Monumento a los Descubridores y otra de mis zonas favoritas de Lisboa…el impresionante Puente 25 de Abril, y el Cristo Rey al otro lado de la colina. De repente, parece que estás en una mezcla entre San Francisco (EEUU) y Río de Janeiro (Brasil), ya que recuerdan al ‘Golden Gate’ y al ‘Cristo Redentor’, pero la verdad es que Lisboa es única y no tiene comparación.

Ya se nos hacía tarde para coger el tren hacia nuestro siguiente destino…siempre me cuesta despedirme de Lisboa, pero ya tocaba; así que mi hermana nos alcanzó hasta la Estación de tren ‘Sete Rios’. Y aquí, nos despedimos de ellas y cogimos el tren, atravesando el Puente 25 de Abril, rumbo hacia el sur de Portugal.

En fin, qué decir de Lisboa que no sepa ella ya. Para mi es una de las ciudades más bonitas y especiales en las que he estado; con esa cultura brasileña-europea. Una de mis ciudades favoritas sin duda.

Hay una fecha dura en su historia, que les hizo tener que reinventarse y renacer de las cenizas, cuando el 1 de Noviembre de 1755 sufrió un gran terremoto de magnitud nueve, seguido de tsunamis y un incendio que acabaron con la ciudad al completo y con la mitad de su población. Hoy, pensar en esto mientras caminas por sus calles parece un cuento de ciencia ficción, porque en Lisboa se respira paz, tranquilidad, sosiego; y tiene mucha vida pero viven en calma. Sin embargo, lo cierto es que ocurrió, y marcó un antes y un después para quienes allí vivían, y seguramente quedó marcado en su ADN, forjando su manera de ser.

Son personas cercanas, melancólicas, humildes, alegres pero con un toque desconfiado, tranquilos, disfrutan de las pequeñas cosas; aprecian y cuidan lo antiguo aun sabiendo que en varias ocasiones tuvieron que empezar de cero porque la naturaleza les obligó y se adaptaron a ello. Lisboa es mágica; y su luz única.

Como bien dicen ellos, orgullosos de su tierra, y yo lo corroboro… “Lisboa é muito boa”.




















































































































