Vigésimo primer destino…Lisboa!*

El 8 de Septiembre llegamos a Lisboa nuevamente, ya que fue nuestro “puerto base” durante la escapada a Portugal, aunque esta vez para pernoctar en ella.

Tranvías de Lisboa

Lo cierto es que para mi era una vieja conocida, ya que fue uno de los destinos que visité cuando hice mi primer gran viaje itinerante en 2011, con mi familia. Llegar allí de nuevo ocho años después, con esa luz que solo Lisboa tiene, con ese rollito bohemio entre lo tradicional y lo moderno; fue alucinante.

Vistas desde el Mirador de Alfama

El hostal ubicado en el ‘Bairro Alto’, con sus grandes cuestas de calles empedradas, nos llamó mucho la atención porque era el primer hostal que veíamos con una litera triple. A quien le tocase dormir arriba del todo debía ser casi una escaladora y no tener vértigo.

Portugal es siempre subir y bajar (una clase de GAP involuntaria jaja)

Dejamos las cosas en el hostal, y salimos a dar un paseo por el ‘Bairro Alto’. Encontramos un restaurante familiar auténtico para almorzar. Una de las cosas que más me gusta de Lisboa es que es una ciudad llena de sorpresas. No es conocida especialmente por sus grandes monumentos, pero su magia está en caminar por sus calles e impregnarte de esa esencia tan especial que tiene.

‘Elevador da Gloria’ (funicular tranvía en ‘Bairro Alto’)

Después de reposar la comida, andamos cuesta abajo hacia la famosa ‘Praça do comercio’, centro neurálgico de la ciudad. Esta plaza es alucinante. Por una de sus caras está abierta al río Tajo, y cuando te das la vuelta, te sorprende el imponente ‘Arco da Rua Augusta’, puerta de entrada a Lisboa. Vinimos aquí en busca de un reencuentro, ya que casualmente mi hermana estaba en Lisboa de vacaciones con su pareja, así que durante un día, fuimos cuatro en el viaje. La plaza es tan enorme que tardamos tiempo en encontrarnos, y es que es una de las más grandes de Europa. Otra vez las ‘Pinto-Sisters’ en esta plaza, ya mucho más creciditas. En cierto modo era como volver a casa, porque Lisboa ya nos resultaba familiar.

‘Arco da Rua Augusta’ desde la Plaza del Comercio

Aprovechamos el día visitando la Catedral de Sé; el pintoresco barrio de Alfama y su mirador; viajando en uno de los típicos tranvías lisboetas; y, paseando por la ‘Casa dos Bicos’. Después, nuestra intención era llegar a la zona de ‘Belém’, pero resulta que justo allí se estaba celebrando el ‘Rock in Río Lisboa’, con artistas como Ivete Sangalo, la reina de la música brasileña. Así que, como podrán imaginar nuestra visita turística a esa zona tuvo que esperar. Había cordones policiales; salía gente hasta de las alcantarillas como quien dice; había miles y miles de personas…de hecho, creo que fuimos las únicas de toda Lisboa que no sabíamos que se estaba celebrando este festival y nos pilló allí por sorpresa.

Catedral de Sé
Pinto-Sis, dentro de un concurrido tranvía lisboeta
‘Casa dos Bicos’

Así que, tras mucha dificultad, y “nadando” entre la gente y tanto alboroto, conseguimos salir de allí, y visitar por fuera el ‘Mosterio dos Jerónimos’. Visto que visitar la otra zona de Lisboa hoy iba a ser misión imposible, regresamos a donde estaban nuestros hostales y decidimos darnos un homenaje cenando en el ‘Hard Rock Café – Lisboa’. Fue divertido, había actuación en directo, que sumado al ambientazo que suele haber allí, lo convirtió en una noche muy ‘cool’.

Monasterio de los Jerónimos
Hard Rock Café – Lisbon

A la mañana siguiente, mi hermana nos recogió en su coche para el segundo intento de visitar la zona de ‘Belém’. Esta vez si pudimos llegar hasta los pies de la ‘Torre de Belém’, aunque todavía conservaba el aspecto resacado de la noche anterior. El escenario seguía montado alrededor, y toda la preciosa basura en el suelo que dejan los seres humanos cuando pasan por un lugar (nótese la ironía). Quitando ese pequeño detalle, la ‘Torre de Belém’ seguía tan preciosa como la recordaba, bañada por el Río Tajo. Tampoco podía faltar comer los famosos ‘Pastéis de Belém’, todo un clásico.

Torre de Belém

Caminando un poco más hacia el río, vimos el Monumento a los Descubridores y otra de mis zonas favoritas de Lisboa…el impresionante Puente 25 de Abril, y el Cristo Rey al otro lado de la colina. De repente, parece que estás en una mezcla entre San Francisco (EEUU) y Río de Janeiro (Brasil), ya que recuerdan al ‘Golden Gate’ y al ‘Cristo Redentor’, pero la verdad es que Lisboa es única y no tiene comparación.

Puente 25 de Abril y Cristo Rey

Ya se nos hacía tarde para coger el tren hacia nuestro siguiente destino…siempre me cuesta despedirme de Lisboa, pero ya tocaba; así que mi hermana nos alcanzó hasta la Estación de tren ‘Sete Rios’. Y aquí, nos despedimos de ellas y cogimos el tren, atravesando el Puente 25 de Abril, rumbo hacia el sur de Portugal.

Gracias chicas

En fin, qué decir de Lisboa que no sepa ella ya. Para mi es una de las ciudades más bonitas y especiales en las que he estado; con esa cultura brasileña-europea. Una de mis ciudades favoritas sin duda.

Arco de entrada a Lisboa

Hay una fecha dura en su historia, que les hizo tener que reinventarse y renacer de las cenizas, cuando el 1 de Noviembre de 1755 sufrió un gran terremoto de magnitud nueve, seguido de tsunamis y un incendio que acabaron con la ciudad al completo y con la mitad de su población. Hoy, pensar en esto mientras caminas por sus calles parece un cuento de ciencia ficción, porque en Lisboa se respira paz, tranquilidad, sosiego; y tiene mucha vida pero viven en calma. Sin embargo, lo cierto es que ocurrió, y marcó un antes y un después para quienes allí vivían, y seguramente quedó marcado en su ADN, forjando su manera de ser.

Tejados de Lisboa

Son personas cercanas, melancólicas, humildes, alegres pero con un toque desconfiado, tranquilos, disfrutan de las pequeñas cosas; aprecian y cuidan lo antiguo aun sabiendo que en varias ocasiones tuvieron que empezar de cero porque la naturaleza les obligó y se adaptaron a ello. Lisboa es mágica; y su luz única.

Desde el Mirador de Alfama

Como bien dicen ellos, orgullosos de su tierra, y yo lo corroboro… “Lisboa é muito boa”.

«Lisboa é muito boa»

Vigésimo destino…Oporto!*

Tras huir del incendio de Aveiro, nos dirigimos más hacia el norte, llegando el 6 de Septiembre a la Estación de San Bento, en Oporto. La estación era preciosa, con azulejos que cuentan la historia de Portugal.

En Oporto, me porto bien (jaja)

Desde aquí buscamos la manera de llegar al hostal para descansar un poco, y encontramos un restaurante italiano en los alrededores del que nos hicimos clientes frecuentes. Lo regentaba una familia italiana muy simpática y la comida estaba para chuparse los dedos. Acabábamos de viajar a Italia, así que ya no nos valía cualquier pasta, y esta aprobó con nota.

Nuestra foto tradicional al llegar a un destino nuevo

Ya con la barriguita llena, cogimos el metro hacia la zona centro. Pasamos por la Iglesia de los Clérigos, la Plaza de la Libertad, la ‘Casa da Sorte’, la Iglesia de San Ildefonso, el Teatro Nacional, y la Librería Lello. Esta última fue la librería que inspiró a J.K Rowling para su saga de Harry Potter. Y no me extraña, porque su interior inspiraría a cualquiera. Aunque solo la vimos desde fuera asomándonos, porque había que pagar por entrar y las colas eran interminables.

Iglesia de San Ildefonso
Los portugueses también juegan mucho a la Lotería
Plaza de la Libertad

Y así poco a poco, fuimos recorriendo Oporto a pie, con sus calles típicas portuguesas de grandes cuestas y grandes bajadas que fortalecen piernas y glúteos. Justo antes de asomarnos al Duero, nos perdimos entre unas callejuelas de un barrio muy tranquilo y auténtico portugués de cuyo nombre si quiero acordarme, pero no recuerdo. Allí una señora desde su casa, nos ofreció comprarle algo para refrescarnos. Y nos dejó acariciar a sus gatas, que andaban a sus anchas, siendo las dueñas de aquellas calles empedradas.

Callejuelas antes de llegar al Duero
Soy mano amiga, miau

Ya se atisbaba desde allí el Puente Don Luis I, un puente de acero que une Oporto con Vila Nova de Gaia. Había muchísima vida en esta zona. De repente nos encontramos con muchos turistas, música sonando en cada rincón, y mucho movimiento. Sobre nuestras cabezas pasaba el teleférico de Gaia. En la calle nos cruzábamos con cientos de personas de diferentes nacionalidades, todos sonrientes y colorados (en parte por el calor, y en parte por el vino, estoy segura). Delante nuestra el río Duero con sus rabelos (barcos utilizados tradicionalmente para transportar las barricas de vino de Oporto), y otras embarcaciones navegando sobre él. Era como todo un espectáculo, una no sabía para donde mirar.

Teleférico de Gaia
Puente Don Luis I y animada zona de Ribeira

Y entre tanto estímulo visual y acústico, buscábamos las casas pintorescas de ‘Cais de Ribeira’ que es una de las estampas más bonitas de esta ciudad. Pero no las encontrábamos. Mirábamos para los lados, hacia arriba, volvíamos a buscar con el GPS que nos indicaba que ya habíamos llegado, pero nada, seguíamos sin verlo. Así que me acerqué a una oficina de información turística y pregunté. El chico se echó a reír y me señaló justo hacia atrás diciéndome: “ya estás en Cais de Ribeira”. Claro, aquí comprendí aquel refrán de ‘que los árboles no te dejan ver el bosque’ o ‘si llega a ser un perro me muerde’. Y es que sí, estábamos tan metidas en ‘Cais de Ribeira’ que no la veíamos. Así que cruzamos el famoso puente y ahora sí, desde el otro lado del río se veía perfectamente la postal.

Cruzando al otro lado del río
‘Cais de Ribeira’

Nos sentamos en la orilla del río. La imagen desde aquí era alucinante. Y durante el atardecer lo era aún más. Pasamos horas allí sentadas. Debatiendo, reflexionando, impresionadas con el espectáculo que ofrece la naturaleza y como sus luces jugaban con las lentes de la cámara. Y para cerrar la tarde, un vino, que aquí no podía faltar.

Impresionante atardecer en Oporto
El vino aquí no podía faltar

Al día siguiente, cogimos un tranvía de esos amarillos típicos para ir hasta la zona costera de Foz. El horario del tranvía estaba de decoración, porque realmente llegaba cuando quería. Cosa que nos hizo mucha gracia a nosotras, pero no le hizo ninguna gracia a dos alemanas que esperaban también. Miraban constantemente su reloj a la vez que miraban el horario incrédulas. Era muy curioso lo del tranvía, porque el mismo que iba, al venir de vuelta, el chófer se bajaba y cambiaba manualmente su tranvía de cable para que fuese en la otra dirección y cambiaba manualmente también el cartel que aparecía con el destino. Ahora entendí porqué tardaba tanto, porque es todo artesanal, aquí las cosas tienen otro ritmo y me gusta que sea así.

Tranvía típico de Portugal

Por fin llegamos a Foz, duró más el tiempo de espera que el recorrido, y además fue bastante caro subirnos, pero es que queríamos probar al menos una vez uno de estos tranvías en Oporto. Iba tan lleno, que varias niñas iban por fuera agarradas y cuando pasábamos por una vía estrecha se bajaban para volverse a subir, como si fuese un monopatín. Y todos los demás íbamos de pie, dentro, apretaditos y muy cariñosos con el chófer, ya que todos compartíamos el mismo espacio. En cuanto a Foz, no tenía nada demasiado especial, pero comimos pescado en un restaurante con vistas a donde el Río Duero se junta con el Océano Atlántico, y eso fue bastante relajante.

Vistas desde el restaurante en Foz
Lugar donde el Duero desemboca en el Océano Atlántico

A la vuelta si fuimos caminando, porque no teníamos prisa, y no nos quedaron más ganas de tranvía. Y como hacía bastante calor, paramos en una cafetería-mirador a tomarnos algo. Frente a nosotras teníamos el Puente de Arrábida, un puente de arco de hormigón armado, que en su año de construcción (1963), era el mayor del mundo.

Puente de Arrábida

Mientras mirábamos relajadas el puente y el río, nos pareció ver puntitos en movimiento en el arco del puente. Y extrañadas intentamos averiguar qué era eso. ¿Personas? Y si lo fuesen, ¿qué hacían allí? No parecía que estuviese en construcción y era demasiado alto como para subirse andando. Así que, nos acercamos hasta el puente y descubrimos que había una actividad turística que consistía en subir el arco del puente a pie, obviamente agarrada por un arnés y cuerdas. Mi parte aventurera se moría por hacerlo, y mi parte abuelita sentía vértigo de solo pensarlo. Me lo quería pensar, así que nos sentamos un rato mirando como un grupo que ya lo tenía reservado lo hacía, y mientras me decidí y fui a reservarlo para la siguiente salida que era como una hora después.

Zona de espera

Estaba un poco nerviosa mientras esperaba, porque nunca es lo mismo verlo desde abajo que mientras vas subiendo. El punto más alto del puente está a 70 metros sobre el nivel del río, y a ambos lados agua y el horizonte. Pero ya estaba decidido, y cada vez tenía más ganas de hacerlo. Me colocaron el arnés, me explicaron las normas y empezamos a subir todo el grupo. La sensación era como dice mi admirado Jesús Calleja de ‘sustigusti’, y es de las mejores sensaciones que conozco. Cuando se junta esa sensación de tu parte instintiva diciéndote que te alejes del “peligro”, pero a la vez sientes un chute de adrenalina y felicidad por enfrentarte a un miedo y lograr el reto.

Arnés colocado y mirando hacia el objetivo
Con ganas de empezar a subir

Subíamos en fila india, con nuestro arnés anclado a una cuerda de vida. Primero subíamos escaleras, y luego según ganábamos altura, llegábamos a la parte lisa donde ya no había escaleras y el arco empezaba a estar más arqueado. Miré hacia abajo en ese punto y me di cuenta de lo alto que estábamos ya, las piernas me temblaron un poco. Pero tras unos instantes ya estábamos en la cima de la estructura de hormigón, con 70 metros de aire entre nosotros y el Río Duero. Si pensaba en donde estaba me daba sensación de cosquilleo, pero si no pensaba y solo disfrutaba del paisaje me parecía impresionante. Además, llegamos en la mejor hora del día, al atardecer. Frente a nosotras teníamos el río y a lo lejos su desembocadura en el Océano Atlántico. Un crucero que pasaba por debajo nuestra y que desde esta altura parecía de juguete. Aviones que cruzaban el cielo. Y al otro lado, si nos girábamos, veíamos la preciosa zona de ‘Cais de Ribeira’, en donde estuvimos ayer, pero esta vez desde lo alto; y los preciosos tonos de los que se pintaba el cielo durante el atardecer.

Subiendo en fila india y anclados a la cuerda
Sentada a lo alto

Allí estaba, a lo alto, flipando y sonriendo, hablando con las otras extranjeras sobre lo impresionante del paisaje y de la sensación que daba estar allí arriba. Encima de nuestras cabezas se oía el estruendo de los coches al pasar. El guía nos contaba la historia de este puente, y lo que más me impresionó saber, fue que durante los primeros años tras su construcción, los niños de barrios pobres, subían andando el arco del puente (sin protección), y se tiraban con cartones deslizándose hasta el otro lado, como manera rápida de atravesar el río en busca de alimento o como simple diversión o muestra de atrevimiento. Como podrán suponer muchos perdieron la vida en ese intento. A causa de ello se cerró el acceso al puente hasta hace pocos años, cuando lo abrieron para subir como atracción, de forma segura. Y mientras disfrutábamos del atardecer, brindamos con un chupito de vino tinto de Oporto en un vasito comestible de chocolate. ¡Mejor imposible!

¡Reto conseguido!
Cara de ‘sustigusti’ jaja
Chupito de vino de Oporto en vaso de chocolate, con las mejores vistas

Y así terminó nuestra estancia en Oporto, una ciudad romántica, pintoresca, con una historia que impregna. La ciudad de los atardeceres mágicos.

Oh…Porto! ❤

Decimonoveno destino…Aveiro!*

La primera parada en Portugal fue en la ciudad de Aveiro, al norte del país, a caballo entre Lisboa y Oporto. Llegamos a la estación de tren el 5 de Septiembre sobre el mediodia. El viento prácticamente no nos dejaba caminar con nuestras maletas. Y los murales de las casas estaban decoradas con curiosos dibujos. Buscamos nuestro hostal, y dejamos las maletas para hacer el check-in más tarde porque teníamos mucha hambre y queríamos salir a comer.

Plaza de Humberto Delgado
Mosaicos de Aveiro

Aveiro es un ciudad pequeñita y pintoresca. Lo llaman la ‘Venecia portuguesa’, y aunque no me gusta comparar destinos porque cada uno es único, enseguida entendimos de donde le viene el nombre. Aveiro tiene canales por los que se puede pasear en los ‘moliceiros’ (similares a góndolas). Antiguamente se usaban para recoger y transportar algas (‘moliço’), de ahí su nombre; y sal de un lugar a otro. También se puede pasear en ‘Gaivinha’, una barca 100% eléctrica. Pero nosotras optamos por caminar, en lugar de subirnos a una barca.

Preciosos canales de Aveiro
Canales y Moliceiros

Paseamos por el ‘Largo da Praça do Peixe’, con sus casas de colores extravagantes, su canal y sus calles adoquinadas. Y como hacía mucho calor, fuimos al hostal a ponernos más fresquitas y tras pasear por el ‘Jardim do Rossio’, cogimos la guagua que nos llevaría hasta ‘Costa Nova’. No teníamos ni idea de la existencia de este lugar, de hecho para nosotras Aveiro en general, era uno de los grandes desconocidos del viaje. Así que quisimos conocer sitios nuevos y llamativos.

‘Largo da Praça do Peixe’ y la casa bautizada por nosotras como ‘pío pío’

Tras un corto recorrido llegamos a ‘Costa Nova’. De aquí lo más conocido son sus casitas pintadas con bandas verticales blancas y de un color diferente cada una. Pero lo que más nos hizo sonreír, fue descubrir que tras el conjunto de casas se escondían dos playas preciosas, con dunas. La ‘Praia da Costa Nova’ y la ‘Praia da Barra’. Con pasarelas de madera infinitas para llegar hasta la playa, dunas con vegetación…y ante nosotras, por fin, el imponente Océano Atlántico.

Casitas pintadas de ‘Costa Nova’
Pasarela de madera para llegar a la playa

Me sentí de repente como una niña chica en Fuerteventura. Corrí por la orilla mojándome los pies con su fría agua atlántica, hice la croqueta por sus dunas, y cerraba los ojos sonriendo al sentir la brisa, la arena y el sol acariciando mi cara. Durante unos segundos me transporté; me sentía en casa.

En proceso de hacer ‘croqueting’….wiii
Disfrutando de las dunas y del Atlántico

Tras un par de horas disfrutando de aquel hermoso lugar, fuimos a esperar a la guagua de vuelta. Y lo de ‘esperar’ fue muy literal, porque la guagua nunca venía. Eso también me recordó a Fuerteventura jaja. Pasamos el mismo tiempo esperando a que viniese la guagua que disfrutando del lugar. Además, mientras esperábamos, a lo lejos vimos varios conatos de incendios en un monte que no parecía estar tan lejos de donde estábamos. Pero en Portugal los incendios parecen un elemento más del paisaje, porque solo parecía sorprendernos a los extranjeros.

Casitas de colores de camino a coger la guagua

Increíble pero cierto, al final llegamos de nuevo al centro de Aveiro, y paseamos por sus plazas y calles. Cenamos y nos fuimos al hostal a descansar. Pero hablando en nuestra habitación abuhardillada, algo nos olía a chamusquina y era literal. Preocupadas, empezamos a pasearnos por las habitaciones y a agrandar nuestros orificios nasales para que entrase más olor, y sin duda olía a quemado. Miro hacia arriba y veo que en la pequeña ventana del techo empieza a caer ceniza. Vale, esto ya era alarmante. Busco en Internet y leo que hay varios incendios activos muy cerca de donde estamos quedándonos. Y es que olía como si estuviese pegado a nosotras. Así que bajamos corriendo a avisar al recepcionista portugués y nos dijo con mucha parsimonia: “ah si… hay varios incendios cerca, aquí es normal”. ¿Normal? No sé si nos dejó más impactadas el olor a chamusquina o su respuesta. Ningún portugués parecía estar alarmado, lo describían como algo ‘normal’. Así que subimos a nuestra habitación, sin pegar mucho ojo, con ese olorcito a chamusquina y esperando poder salir de allí corriendo a la mañana siguiente.

Nube de humo por el incendio cercano

Y así fue, nos despertamos. Nos duchamos y preparamos todo para irnos lo antes posible. Me asomé a la ventana del baño nuevamente sacando el brazo y el aire estaba super caliente. Seguían cayendo más cenizas, y olía aún más a quemado. Pero nadie parecía preocupado. Nos fuimos hacia la estación de tren, con la nariz y la boca tapadas. El aire parecía super tóxico y era irrespirable. Me tapé toda la cara hasta llegar al tren. La gente por la calle me miraba con cierto temor como si pudiese ser una terrorista o algo así, pero deberían tenerle miedo al incendio, no a mi por taparme. Todos caminaban como si nada, ignorando completamente el hecho de que el cielo estaba gris por la nube de humo y cenizas. Me sorprendió mucho que los portugueses se lo tomasen así.

Sol, cielo ardiente y cenizas en la ventana del baño del hostal
Aire irrespirable y cenizas cayendo

Y por fin, llegó el tren, y nos alejamos de aquella nube tóxica. Con una sensación agridulce, por un lado felices de haber descubierto y disfrutado de esa pequeña ciudad maravillosa, y por otro lado tristes por ver que al irnos quedaba destruida parte de su zona natural y que a nadie parecía importarle. Y ya quedaba a lo lejos esa nube, y el cielo volvía a ser azul, y volvíamos a respirar.

Aveiro, maravillosa ciudad

¡La aventura continúa!*

Llegamos a Madrid el 01 de Septiembre de 2019. Se supone que nuestra aventura Interrail 2019 ya había terminado. Pero hubo varios motivos que nos motivaron a querer continuar. Y allí estábamos en nuestra habitación de la casa compartida de Airbnb, en Madrid, reservando billetes de tren para salir nuevamente en tres días…viajar es adictivo.

Como diría Shakira: «Ay me voy otra vez. Ahí te dejo Madrid»

Y así, tras solo tres días de descanso, salíamos de noche el 04 de Septiembre a la estación de Chamartín, para subirnos a nuestro primer tren nocturno. Estábamos emocionadas porque el ‘super viaje’ continuaba. Nuestra habitación del tren era cuádruple, en ella viajaban una madre con su hija, portuguesas. La niña era muy simpática y curiosa, mirando todo lo que hacíamos. Me encanta ir en tren, de día, de noche o a cualquier hora. Pero es verdad que dormir en tren, con el traqueteo, relaja a la vez que incomoda. Nos dábamos cocazos contra la pared, y golpes contra los lados. Era gracioso dormir así, o al menos a mi me lo parecía. Daba ganas de atarse con la cuerda de la cama, cual loca en un manicomio, para no rebotar con el movimiento del tren. Al final, conseguimos quedarnos profundamente dormidas.

Emocionadas porque el viaje continúa, wiii

Diez horas después, acompañado por el sonido de una campana, un señor portugués nos toca la puerta a la vez que pronuncia “Bom dia!”. Abro ligeramente los ojos, restregándomelos y estirándome; extrañada, sin entender muy bien donde estoy o porqué todos hablan portugués. Y de repente recordé que estaba en un tren nocturno y que ya estábamos en Portugal, a 15 minutos de Lisboa. Debíamos recoger nuestras cosas para bajarnos en breve.

Nos lo tomamos con calma, pensando que la ‘Estación de Oriente’ era la última, pero resulta que el tren seguía más allá. Y cuando se detuvo en esa estación, miramos por la ventana y nos dimos cuenta que era la ‘Estación de Oriente’. Así que, salimos escopetadas, casi tirando las maletas hacia fuera y con las legañas aún en los ojos. La claridad nos deslumbraba, y el frío intenso a esas horas de la mañana nos despertó de golpe. Y ya en el andén, el tren se fue, y sonreímos alucinadas diciendo: “¡Estamos en Lisboa!” Miraba a mi alrededor, y era como un ‘deja vu’, recordaba perfectamente cada rincón de aquella estación, donde había estado hace ocho años.

Habitación del tren nocturno

Pero aquí estábamos, por ahora, solo para hacer una breve escala. Así que fuimos a desayunar a la estación y nos subimos a otro tren que nos llevaría hacia el norte de Portugal, a la ciudad donde íbamos a quedarnos durante los próximos días: Aveiro.

Ay, Portugal..ya no recordaba tus adoquines ^^

Decimoctavo destino…Montpellier!*

Y así llegamos el último día de Agosto a la última ciudad del viaje Interrail originario; Montpellier. Ubicada al sur de Francia, a 10km hacia el interior desde la costa del Mar Mediterráneo.

Animada ciudad de Montpellier

Llegamos sobre el mediodía a la Estación Montpellier Saint Roch. Nuestro hotel estaba bastante cerca. Sí, han leído bien, hotel, que no hostal. Era la primera vez en todo el largo viaje que dormíamos en una habitación solo para nosotras y con baño propio. Nos otorgamos ese premio al final del viaje para poder descansar mejor. Era un hotel familiar muy sencillo y tranquilo.

Modesto cuarto de baño de la habitación de hotel

Poco después, salimos a dar una vuelta por las empedradas calles de Montpellier y picoteamos algo en una cafetería vegana. Subimos hasta la ‘Place de la Comédie’, centro neurálgico de la ciudad y uno de los espacios peatonales más grandes de Europa. Esta animada plaza está coronada por la ‘Ópera Comédie’ y en el centro de la misma se encuentra una fuente-estatua de las Tres Gracias.

Paseando por la Plaza de la Comedia

Nos enamoramos de los tranvías que cruzaban la plaza. Cada uno estaba pintado de una forma muy original y divertida. Mi favorito era el tranvía de color azul cielo con golondrinas negras “volando” sobre él, símbolo de libertad y primavera.

La Ópera – (a falta de foto de los tranvías)

Al fondo de la plaza estaba la Oficina de Turismo a la que fuimos para coger un mapa e informarnos de los lugares de interés para visitar. Mientras estábamos allí, vimos por la cristalera un trenecito turístico llegar; y aunque nos consideramos viajeras y no turistas, ya el cansancio acumulado se notaba en las piernas de tantos kilómetros andados, y, además solo íbamos a pasar un día en esta preciosa ciudad. Así que nos invadió el espíritu ‘guiri’ y corrimos para subirnos al trenecito de Montpellier.

Explorando el mapa de Montpellier (sí, lo de la mano son picaduras de chinche)

El trenecito nos llevó a través del Arco del Triunfo o ‘Porte du Peyrou’ -atravesándolo-, la Catedral de San Pedro, la Iglesia de Saint Roch, el Acueducto de San Clemente, otros tantos edificios emblemáticos, y sus estrechas y románticas callejuelas medievales. Un paseo mágico, para poder llevarnos en el recuerdo un collage cultural de Montpellier.

El trenecito atravesando ‘La Porte du Peyrou’
Curiosas callejuelas

Nos apetecía vivir la experiencia francesa total, así que por la tarde fuimos al ‘Cine Diagonal’ y vimos una película extravagante, pausada a la vez que alocada, divertida a la vez que profunda, muy propia del cine francés: ‘Perdrix’. La película estaba en francés (sin subtítulos obviamente, porque estábamos en Francia), así que no nos enteramos a penas de los diálogos pero aún así consiguió sobrecogernos a la vez que hacernos reír. Porque los sentimientos y el entendimiento sobrepasan las barreras idiomáticas.

Cartelera del ‘Cine Diagonal’

Para cenar fuimos a un restaurante curioso, que lleva más de 50 años abierto en diferentes ciudades de Francia y no tiene carta porque disponen de un único menú que les ha funcionado con éxito durante todos estos años. Es de esos sitios que se llenan cada día sin necesidad de hacer publicidad. Su fachada negra y amarilla característica.

Y el menú único consta de: un entrante de ensalada con nueces (solo lechuga y nueces, sin presentación alguna); 170 gramos de entrecot de ternera finamente cortada en rodajas y traída a la mesa en una bandeja caliente para que se termine de cocinar, acompañada por su famosa salsa de composición secreta (pregunté por ella y me dijeron que si me desvelaban el secreto tendrían que matarme…preferí seguir con el misterio jaja); papas fritas caseras ilimitadas (pudiendo repetir tantas veces como quisieras o tu cuerpo te permita); pan para mojar la salsa; y un postre casero elaborado por sus propios pasteleros. Una misteriosa delicia, tan sencilla como exitosa. Y con un cuarto de baño muy peculiar también, en el que mientras hacías pis sonaba un hilo musical con sonidos de granja, tales como el mugido de una vaca o el cacareo de una gallina.

Estaba tan rico que se nos olvidó sacar foto a la comida…pero era casi celestial (de ahí esta foto)

Y así, con la barriga llena y el corazón contento, y tras un pequeño paseo para bajar la comida, nos fuimos a dormir para mañana coger el tren que nos llevaría a Madrid…el lugar donde todo empezó.

Renfe: Montpellier – Madrid [fin del viaje originario] =(

Decimoséptimo destino…Lyon!*

La noche del 29 de Agosto, tras la visita a Ginebra, llegamos en tren a la ciudad de Lyon. Antigua capital de la Galia durante el Imperio Romano (entonces llamada Lugdunum), y actualmente la tercera ciudad más importante y poblada de Francia . Además, fue la cuna del cine con la primera proyección cinematográfica por parte de los hermanos Lumiére.

Tradicional foto con alcantarilla en Lyon

Estábamos bastante cansadas de tanto caminar durante el día, y del trayecto en tren, y la verdad que solo queríamos llegar al hostal y descansar. Pero aún no habíamos cenado nada, así que al llegar al hostal hicimos el check-in -el recepcionista resultaba ser canarión, así que hablamos un rato con él-, le pedimos un mapa para organizar el día de mañana y buscamos un sitio para cenar. Era un poco tarde y estaba casi todo cerrado, excepto un restaurante buffet hindú. No sabíamos si era de fiar, pero las tripas nos rugían como el león de Lyon, y empezábamos a estar de mal humor, así que cenamos allí. ¡Delicioso y casero! De camino al hostal hicimos una videollamada familiar y tras organizar lo que haríamos mañana, nos fuimos por fin a dormir.

Paisajes de Lyon

A la mañana siguiente nos despertamos un poco tarde por el cansancio acumulado, y ya se había pasado el horario del desayuno en el hostal (que acababa muy pronto), así que tuvimos que salir a la calle a buscar algún lugar para desayunar. Pero nos habíamos olvidado de cómo eran los franceses, y aunque en Lyón eran mucho más simpáticos que en París, seguían siendo muy cerrados para algunas cosas. Una de ellas siendo los horarios de las comidas.

Según los franceses, ya era demasiado tarde para el ‘petit déjeuner’ (desayuno), y demasiado pronto para el ‘déjeuner’ (almuerzo). Así que básicamente, según ellos, debíamos quedarnos con hambre hasta que fuese una hora “decente” para comer. Nos recorrimos decenas de calles, entrábamos a restaurantes y cafeterías preguntando si nos podían servir algo de comer y miraban sus relojes a la vez que pronunciaban un ‘non’ rotundo, sin ofrecernos alternativa alguna. Y así, calle tras calle, caminando en ayunas y el mosqueo aumentando, hasta que por fin encontramos una cafetería moderna en la que si servían todavía desayunos y además con postre artesanal. Nos supo a gloria el zumo de naranja, las tostadas con mantequilla, la leche de avena con cacao, el dulce artesanal; pero sobre todo, nos supo a gloria ese ‘oui’ saliendo de la boca de un francés.

Delicioso pastel artesanal elaborado in situ

Ya con las energías recargadas, comenzamos la caminata del día. Pero como hacía tanto calor, paramos en un parque a beber agua y descansar bajo la sombra. Ya se avistaba al horizonte el final de este gran viaje Interrail, agotador a la vez que adictivo, tras 40 días viajando de manera itinerante. Y la idea de que estuviese llegando a su fin nos descolocó. Entonces se nos ocurrió alargarlo una vez llegásemos a Madrid; reservarlo todo y continuar el viaje para aprovechar el pase Interrail al máximo -ya que lo teníamos válido durante dos meses en total-. Pero para descubrir como continuó el viaje improvisado tendrán que esperar a próximos capítulos. Solo he hecho un adelanto para que supiesen que la idea de agrandar el viaje surgió en un parque cualquiera de Lyon.

A veces sentarse a descansar en un parque es una idea «peligrosa» para dos viajeras empedernidas, que deciden que 40 días de viaje les parecen poco.

Llegamos al fin, al Museo de las Confluencias, ubicado donde se abrazan el Río Ródano y el Río Saona. Es un museo de historia natural y de las sociedades, que estuvo interesante e interactivo. Además, la arquitectura del propio museo era una pasada, por no hablar del lugar donde está situado y las vistas que brinda desde la terraza.

Vista panorámica desde la terraza del Museo de las Confluencias
Arquitectura increíble y vistas desde el museo

En los alrededores del museo, y rodeado por ambos ríos, estaba la famosa escultura turística para posar delante de ella bajo el lema de ‘Only Lyon’. En la que, por supuesto, no dude en sacarme varias fotos a pesar del calor abrasador que hacía ese día.

Subida al león
LYON

Tras visitar el museo fuimos hacia el casco antiguo. Vimos la Plaza de Saint Jean y la Catedral. Cruzamos la pasarela de Saint Georges y subimos en funicular hasta la Basílica de Notre Dame de ‘La Fourvière’, que corona la colina que lleva su mismo nombre. Si ya era espectacular desde lejos, desde cerca lo era aún más. A escasos metros, se encuentra la ‘Torre Fourvière’, que recuerda a la Torre Eiffel, en versión mini.

Catedral de Lyon
Pasarela de St. Georges
A lo alto de la colina, la Basílica y Torre de ‘Fourvière’
Basílica de Notre Dame de Fourvière

En los alrededores de la Basílica hay un increíble mirador a la ciudad de Lyon. Y no muy lejos de aquí, yacen los restos del Antiguo Imperio más visibles de la ciudad, el Anfiteatro y el Odeón romano. Y sentarse en las gradas del Anfiteatro, con vistas a la moderna y bohemia ciudad de Lyon, sintiéndote a caballo entre la antigüedad y la modernidad.

Mirador a la ciudad desde la Basílica
Anfiteatro romano con vistas a la ciudad

Lyon es una ciudad vibrante; que ruge, bohemia, multicultural; una ciudad que respeta su historia a la vez que se adapta al mundo moderno, cambiando su melena para la ocasión, así es Lyon.

Paseando por las calles de Lyon

Decimosexto destino…Ginebra!*

Nuestra idea inicial al irnos de Interlaken el 29 de Agosto era hacer una parada en Berna, la capital de Suiza. Pero la noche anterior, leyendo información sobre Berna desde nuestro hostal de la casa de la pradera, se nos cayó el mundo encima cuando leímos que en plena ciudad había una zona con osos pardo acorralados en un rincón como “atractivo turístico”. Además, veníamos muy sensibilizadas porque acabábamos de ver osos en libertad en Liubliana hace unos días, así que decidimos cancelar la visita a Berna y en lugar de eso improvisar una nueva ciudad que quedase de camino hacia el siguiente destino…y esa ciudad fue Ginebra.

Grandes viñedos de camino a Ginebra (y mi blusa Polaroid reflejada)

El cambio de ruta fue tan repentino, que buscamos el primer tren que iba hasta Ginebra y literalmente durante el trayecto nos informamos de qué podíamos ver en esa ciudad. Solo contábamos con unas horas y llevábamos las maletas encima porque era solo una parada entre destinos, así que queríamos ir a tiro hecho.

Uno de los datos que más me sorprendió de la información que leí de camino a allí, fue saber que Ginebra es una de las ciudades más caras del mundo. “Menos mal que solo vamos a pasar unas horas” – pensé. Después de la botella de agua en París por 7 Euros, no estábamos para tonterías.

Mausoleo de Brunswick

Al llegar fuimos a ‘Bains des Pâquis’. Había leído que era un buen sitio para ir a comer con un precio más amigable y con bonitas vistas. Pero al entrar me di cuenta que en realidad era un lugar privado para tomar el sol y darse un baño en las piscinas exteriores; y nosotras íbamos con varias maletas y mucha ropa puesta. Aún así, las vistas merecían mucho el paseo. Desde aquí veíamos la ‘Fuente Jet d’Eau’ de cerca.

Entrada a ‘Bains des Pâquis’
Los cisnes también se daban un remojón

Esta fuente está en el embarcadero de ‘Eaux Vives’ y tiene un chorro que alcanza los 140 metros de altura, da la sensación de que sube por encima de las nubes. Es curioso saber que en sus orígenes se utilizaba como válvula de seguridad de una red de energía hidráulica, y hoy día es una de los mayores atractivos turísticos de Ginebra.

Fuente ‘Jet d’Eau’

De la comida y su precio mejor no hablamos. Un helado de dos bolas por 8 Euros o una ensalada super sencilla por 16 Euros. Así que eso de que es una de las ciudades más caras del mundo, puedo dar fe de ello.

Al menos tomando el ‘helado de oro’ teníamos buenas vistas

A cambio de gastarnos tanto en comer algo básico, cuando fuimos en guagua hasta la zona del Palacio de las Naciones, y todavía no entendemos muy bien porqué, la chófer nos dejó ir gratis cuando le dijimos que eramos españolas. Fue algo que nos ocurrió en varias ciudades, y no sabemos si es porque creen que las españolas somos pobres o porque les caemos bien y quieren tener amigas de allí. El caso es que fuimos gratis hasta la Plaza de las Naciones.

Sede de la ONU – Ginebra

Desde allí vimos, completamente blindado, el Palacio de las Naciones Unidas, con sus 193 banderas en el exterior. Y en la misma plaza está el monumento ‘Broken Chair’, que es una silla de madera de 12 metros de altura con una de las patas rotas y astillada. Este monumento fue un encargo de la Asociación Internacional de Discapacidad, simbolizando el rechazo de las minas antipersona y de las bombas de racimo, y haciendo un llamamiento sobre esta realidad, a los jefes de Estado que visitan la ONU.

Palacio de la ONU
Monumento ‘Broken Chair’

‘Genève’, que no ‘Génova’, fue un descubrimiento inesperado pero agradable.

Me flipa la meteorología ^^

Y me pongo a pensar en como la riqueza y el poder están tan mal repartidos, y que hay páginas del libro de la historia que es mejor pasar, y aprender de ellas para no repetirlas nunca más.

Pasemos página por un mundo más justo

Decimoquinto destino…Interlaken!!*

El 26 de Agosto, tras casi seis horas de tren, pasamos de la alocada y caótica Italia, a la sosegada e impecable Suiza. Quisimos innovar y nos quedamos en una ciudad muy poco conocida. ¡Y vaya descubrimiento…Fue amor a primera vista!

Vistas al Lago Thun desde el tren

Ya faltaba poco para llegar a nuestro destino, pero teníamos mucha hambre, así que comimos en el tren con vistas a Suiza. Ya antes de pisar ese país lo habíamos saboreado, porque nos pedimos de postre una tarta de chocolate con chocolate suizo fundido por encima. Y tengo que decir que el país es igual de delicioso en sus vistas como en sus sabores.

Delicioso chocolate suizo

Pasamos allí tres días muy bien aprovechados, donde exprimimos al máximo todo lo que había que hacer, en aquella pequeña ciudad. La bautizamos como la ‘ciudad kinder’. El motivo de ese mote es porque todo el mundo era increíblemente amable, respetuoso, sonriente, limpio, sosegado. Todos los coches frenaban en seco para dejar pasar al único peatón que había. La gente por la calle te sonreía y te saludaba. Todo estaba impecable y olía bien. Los niños iban solos al cole en bici, caminando o en guagua porque no había peligro y ya eran independientes. Todo el mundo parecía feliz y en paz.

La felicidad ‘kinder’ se pega

Es de esas ciudades en las que seguramente el índice de delincuencia ni saben lo que es, y donde buscas una cámara que estuviese grabando porque es demasiado bonito para ser verdad. Parecía que nos habíamos adentrado en una de esas películas alemana-suiza que a mi madre le encanta ver los domingos por la tarde en tve, en las que todo parece ‘perfecto’ e ‘ideal’, donde todos son rubitos, con ojos azules, felices, con dinero y una buena vida, y nadie discute. Me reía de esas películas, pero es que resulta que en Interlaken todo eso era una realidad.

Se respira paz en Interlaken

Interlaken pertenece al cantón de Berna, rodeada por montañas alpinas y atravesada por el río Aar. Su nombre no tiene mucha ciencia, se llama ‘entrelagos’ porque está entre el Lago Thun y el Lago Brienz. Y tiene a penas unos seis mil habitantes.

Río Aar

Hubo cuatro cosas que nos llamaron mucho la atención de la ‘poco conocida’ Interlaken: que todo en ella parecía sacado de una postal; la limpieza y amabilidad; que las guaguas locales pertenecían a la Swiss Post (el Correos de allí); y que estaba lleno de coreanos. Yo creo que más de la mitad de personas que vimos eran coreanos. Incluso había escrito en coreano muchos carteles, restaurantes, y tiendas. Se habían apoderado de la ciudad. Aunque no me extraña nada, sabiendo que a los orientales siempre les ha encantado los paisajes suizos – sino miren los dibujos de Heidi – y no es para menos, los paisajes suizos parecen sacados de una postal.

Las guaguas son de ‘Correos’ (jaja)

Desde nuestro hostal se veía las tranquilas calles de Interlaken con sus conductores amables y sus peatones felices y obedientes; una gran explanada de césped donde los parapentes aterrizaban; y a lo alto de la montaña, suspendido en el aire, el mirador ‘Harder Kulm’ a 1322 metros de altura y con vistas a esa preciosa ciudad entre dos lagos y sus montañas nevadas.

Vistas desde la habitación

La primera tarde subimos en teleférico panorámico al mirador y cenamos en su restaurante vertiginoso con unas vistas que quitaban el aliento, y unos precios que lo quitaban aún más. Desde las alturas disfrutamos de un espectáculo folclórico suizo con campanas, acordeón, trompa alpina y la tía de Heidi llamándole desde las alturas con su canto del “Tirol”.

La vaca lechera
Restaurante en el Mirador Harder Kulm
Folclore tradicional suizo en las alturas
¿Quién dijo vértigo?

En dos ocasiones cruzamos en barco el Lago de Brienz para llegar hasta su pequeña ciudad. La primera vez fuimos para comer allí e ir a su “playa” de piedras en el congelado lago. Y sí, a pesar de que eran aguas glaciares caídas directamente de los Alpes, fuimos valientes y nos metimos al agua aunque saliésemos temblando.

Cruzando el Lago Brienz
En la «playa» de Brienz, con el tren pasando al lado

La segunda vez que cruzamos el lago en barco fue para visitar Ballenberg: el museo al aire libre de tradición suiza con edificios tradicionales representando a cada uno de los cantones suizos, animales de granja, y actividades artesanales en las que se podía participar.

Museo Ballenberg al aire libre
Participando en labores de artesanía tradicional suiza

Sin duda, Interlaken no deja indiferente a nadie. Es exquisita y preciosa la mires por donde la mires. Fue uno de los grandes descubrimientos de este largo viaje. Un lugar que nos sorprendió y nos enamoró desde el primer momento.

Interlaken de noche

Wir lieben Interlaken!

Interlaken ^^
Paisaje suizo

Decimocuarto destino…Génova!*

Llegamos a la estación de tren de Génova Brignole a las cuatro de la tarde y muy cansadas. Solo pasaremos una noche en esta ciudad, ya que la elegimos como parada entre Italia y Suiza. Aunque eso de descansar no va mucho con nosotras, y aprovechamos ese día al máximo.

La tradicional foto con la alcantarilla al llegar a una ciudad

Seguramente todxs recuerdan la serie de dibujos animados ‘Marco’ con su mono Amedio, en la que él cruza el mundo hasta Argentina en busca de su madre de la que deja de recibir cartas, a sabiendas de su delicado estado de salud. La canción de intro comenzaba diciendo: “En un puerto italiano al pie de las montañas, vive nuestro amigo Marco, en una humilde morada…” Pues resulta que ese puerto italiano era Génova, y allí estábamos nosotras respirando la esencia de Marco.

«En un puerto italiano, al pie de las montañas, vive nuestro amigo Marco…»

El hostal estaba muy cerca de la estación y ubicado en la planta alta de un edificio bastante antiguo, al estilo victoriano. El ascensor era de madera con un sillón rojo dentro, y las puertas con dos hojas de cierre manual y una reja corredera. Crujía al subir o bajar pero tenía mucho encanto. Las paredes del hostal estaban llenas de mensajes positivos o reivindicativos; y los dueños muy serviciales, nos recomendaron un lugar al que fuimos.

Un ascensor muy crujiente
Murales del hostal

Se trata de Boccadesse, un pintoresco pueblo pesquero con casas de colores apiñadas al borde de la acantilada costa y una pequeña playa con cafeterías y restaurantes a los lados. Un precioso lugar en el que adentrarse en una auténtico pueblo costero italiano. Allí picoteamos algo y conectamos mirando hacia el mar, que ya echábamos de menos después de ver tanto río y tanto lago.

Playa y casas pintorescas de Boccadesse
Animada vida en Boccadesse

Poco después, caminamos por el paseo marítimo y fuimos a cenar al único sitio que encontramos abierto a pesar de lo pronto que era. El ‘Estoril Beach Club’ que tenía de todo, desde una mega discoteca hasta canchas de fútbol o residencias de playa. Pero a nosotras solo nos importaba comer y fuimos a la pizzería de la terraza con vistas al Mar de Liguria, que forma parte del Mar Mediterráneo. Allí probamos la especialidad del lugar: pasta con pesto al estilo genovés.

‘Il pesto alla genovese’ – delicioso

Para cerrar la noche y bajar la comida dimos un pequeño paseo por el casco antiguo de Génova, aunque para decir verdad, no era una ciudad precisamente animada. No había ni un alma en la calle y todos los sitios para tomar algo ya estaban cerrados. Así que, volvimos al hostal y nos dormimos. Ya que al día siguiente debíamos madrugar para coger un tren hacia Suiza, y despedirnos de Italia tras una semana explorándola.

Arrivederci, Italia! Grazie mille!

Italia es muy auténtica

Decimotercer destino….Roma!*

Llegamos a Roma Termini un 22 de agosto al mediodía. Es una estación de trenes enorme y moderna, y al salir a la calle el calor nos azotó de golpe. Resulta que estamos ante una ola de calor más, parece que el sol nos persigue en este viaje. Tenemos la cara roja como si nos estuviésemos sancochando y caminar por cualquier sitio es un suplicio infernal, el aire es lava.

Estampa típica italiana

La primera impresión que tuve de Roma no fue la que me esperaba, sinceramente. Me la imaginaba más sofisticada, mejor cuidada. Pero resulta que es una ciudad demasiado masificada de turistas y personas en general. Además todas las calles estaban sucias y olían mal e incluso cerca de las atracciones turísticas había muchísima basura por el suelo. Era como si nadie tuviese aprendido el concepto de tirar la basura en una papelera. Roma es ‘muy Italia’ pero al mismo tiempo, aunque sea la primera vez que voy, noto que ha perdido su esencia por ser tan masivamente explotada. Es una ciudad muy caótica.

Turistas, obras y policía en todos lados

Lo increíble que tiene Roma es que es como un gran museo al aire libre. Camines por donde camines, de repente te encuentras monumentos increíbles o edificios antiguos majestuosos. Visitamos el Barrio del Trastévere. Vimos el Museo de Trajano, el Arco de Constantino, la Boca de la Verdad, el Circo Máximo, el Río Tiber, Plaza Venecia, el Monte Palatino, el Panteón de Roma, y el Foro Romano, entre otros muchos lugares increíbles que tiene esta ciudad. Por supuesto, visitamos los edificios desde fuera porque las colas kilométricas y el calor no eran un dúo apetecible.

El Panteón de Roma (Agripa)
Ruinas romanas y Plaza Venecia de fondo

Lo que si visitamos de más cerca fue la Fontana di Trevi de noche, donde el bullicio de la cantidad de gente que había era alucinante y nos llamó la atención que había policías contratados exclusivamente para vigilar esa fuente y que había horario de visita. Pitaban un silbato cada vez que alguien se sentaba en el borde de la fuente para sacarse una foto, es decir, cada dos segundos. Nosotras, antes de saber que estaba prohibido por ley, fuimos a sentarnos y unos turistas nos gritaron que no lo hiciéramos, a la vez que hacían el gesto de tener las manos esposadas y decían ‘jail! jail!’, que significa cárcel en inglés. De hecho, durante los tres días que pasamos en Roma la gente no hacía más que hacer ese gesto de las manos esposadas. Parece ser que hay muchas cosas prohibidas en esta ciudad.

Fontana di Trevi

Había un sitio o debería decir un Estado dentro de Roma, que durante la planificación del viaje yo me negaba a visitar por motivos ideológicos. Quien me conozca supongo que ya sabe de donde hablo: el Estado de la Ciudad del Vaticano. Pero al final caí y fuimos. En mi defensa diré que fui por motivos de interés arquitectónico y porque quería regalarle a mi abuela un rosario de allí. Y he de decir, que a nivel arquitectónico la Plaza de San Pedro y la Basílica son majestuosas. Quería que se asomase ‘Paquito’ a saludar, pero no hubo suerte.

Ciudad del Vaticano (y prototipo de lo único que llama familia el Vaticano) 🙂

Mi sitio favorito de Roma fue sin duda el Coliseo. De hecho, creo que fuimos todos los días a verlo desde fuera, y ya el último día nos animamos a entrar a última hora cuando ya no había cola. Lo había estudiado en historia del arte y me hacía tanta ilusión verlo por fin en vivo, que la primera vez que llegamos cerca yo me tapaba los ojos para no mirar hasta que estuviese justo delante. El corazón me latía rápido porque estaba deseando ver el Coliseo. Si ya su fachada impresiona, verlo desde dentro fue aún más emocionante. Yo, que tengo tanta imaginación, recreaba en mi mente todo lo que pasó allí dentro hace miles de años. Y mientras, en los alrededores del Coliseo sigue existiendo una especie de circo romano al estilo moderno, ya que los policías se dedican a ‘ahuyentar’ (porque nunca los llegan a detener), a los hindúes que van por allí vendiendo botellas de agua a los turistas mientras repiten a velocidad de rapero mc ‘water, water, water, water’. Unos corren y otros huyen, leones vs. gladiadores: bienvenidxs al circo romano del Siglo XXI.

La preciosa fachada del Coliseo
Las entrañas del Coliseo

De Roma me quedo con su historia, los edificios majestuosos, sus ruinas, el color rojo intenso, su comida deliciosa, las Vespas, los mini coches, Rómulo, Remo y la Loba que la fundaron; el idioma latín e italiano, y su nombre que al revés dice ‘amor’. Sin embargo, les dejo su caos, sus calles empedradas, su Vaticano, lo retrógrado, y las camas llenas de chinches que se dieron un banquete con nuestra sangre. Pero como dicen allí ‘La Roma non si discute, si ama’.

El lema de Roma

Como dice esa canción que escuchamos tocar apasionadamente a violín entre tus calles, y que no deja de sonar en mi cabeza a partir de ahora cuando pienso en ti, Roma:

Oh bella ciao!

Roma al revés es amor